Opinión Por Francisco Alfonsín Jueves, 20 de Agosto de 2020

Volver a la política

Jueves, 20 de Agosto de 2020
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La magnitud de la crisis generada por los efectos de la pandemia hace imprescindible que recuperemos la política como principal herramienta para dar respuestas a la complejidad de los problemas a los que debemos hacer frente.

La política, entendida como el principal instrumento para la articulación de los diferentes intereses que coexisten en una sociedad, cómo el método de intermediación entre los ciudadanos y el poder, y como el canal necesario para la construcción de los consensos fundamentales para ofrecer soluciones, no está cumpliendo o por lo menos lo está haciendo de manera insuficiente, los objetivos que hacen a su esencia para la vida democrática. Es fundamental  fortalecerla o corre el riesgo de ser reemplazada nada más y nada menos que por la antipolítca.

Cuando no son los partidos, o ni siquiera los lideres políticos los que logran intermediar ante la multiplicidad de demandas de la sociedad en un contexto de crisis sanitaria y económico-social inédito como el que estamos transitando, son expresiones ciudadanas sin una agenda clara, sin una homogeneidad de planteos,  que responde más al rechazo (aún cuando no todos rechazan lo mismo), que a la identificación con una bandera o con un conjunto de ideas, estamos ante un caldo de cultivo que resulta peligroso para la convivencia democrática. Creer que algún partido político o alguna coalición pueda sintetizar los diferentes reclamos que se manifestaron en la marcha del lunes es incurrir en un error, o es por lo menos optar por la cómoda posición de situarse detrás de los diferentes planteos que allí se pusieron de relieve, en lugar de liderar una propuesta alternativa que pueda darle un cauce democrático a esa multiplicidad de reclamos. Asimismo, reducir la marcha a la movilización de un grupo de golpistas, fascistas, o los denominados anticuarentena, es caer en una visión sesgada. Probablemente sí participaron algunos golpistas y muchos cuyas consignas poco tienen que ver con la democracia, pero la pregunta que más preocupa es por qué muchos ciudadanos descontentos, o peor aún enbroncados, estuvieron dispuestos a marchar a la par de ellos por reclamos genuinos y absolutamente legítimos en contra la reforma judicial, o disconformes en la manera en la que el gobierno está gestionando la crisis de la pandemia, o sencillamente para expresar su desesperación porque perdieron el trabajo o encuentran dificultades para llegar a fin de mes. Cuando se conjuga como respuesta a una movilización por un lado una atribución de representatividad que es por lo menos dudosa, y por el otro la descalificación o el menosprecio entramos a un diálogo de sordos que reduce a la política al inmovilismo actual y que le abre las puertas al sentimiento de la antipolítica.

Superar esta situación hace corresponsables al oficialismo y a la oposición. Las elecciones de octubre del 2019 reestructuraron el sistema político argentino en un nuevo tan deseable como endeble equilibrio entorno a dos coaliciones amplias y heterogéneas. Hasta hoy, quienes están en los márgenes extremos de los mismos son quienes logran imponer sus agendas en cada espacio. Esa agenda divisoria que no deja espacio al diálogo y la construcción de consensos es justamente la condición para la vigencia de esos liderazgos que inmovilizan el margen de acción de la política para poder interpretar las diferentes demandas de la sociedad. No hay más solución que más y mejor política. Contraponer argumentos y visión estratégica a las respuestas simplistas, búsqueda de acuerdos y capacidad de resolver conflictos, y todo ello acompañado de un fuerte compromiso ciudadano. Si no lo logramos, no está de más mirar las experiencias recientes a nivel global y pensar quien puede emerger para ocupar el lugar que deja vacío la política y la falta de respuesta de las instituciones.

Por Francisco Alfonsín