Opinión Por Ricardo Alfonsín Viernes, 27 de Setiembre de 2019

Sin consensos, no hay salida

El dirigente radical plantea la necesidad del diálogo y acuerdos entre las diferentes fuerzas políticas, junto con los principales actores económicos y sociales, para avanzar en la segunda transición argentina: del subdesarrollo al desarrollo.

Viernes, 27 de Setiembre de 2019
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Desde la asunción del gobierno que inauguró la última transición democrática, han transcurrido 36 años. El principal objetivo de aquel proceso, terminar con las dictaduras militares y consolidar la democracia, se ha realizado. Este logro representó un progreso importante para el respeto a la dignidad humana en nuestro país. Alcanza con recordar los horrores ocurridos en la última dictadura para comprender su significado. 

Aunque ese fue el principal objetivo también había otros. Terminar con las dictaduras, recuperar el derecho a elegir y ser elegido, era un fin importante en sí mismo pero tenía también un costado instrumental. La democracia era (y es) el camino para avanzar hacia la construcción de sociedades cada vez más justas, más igualitarias, en síntesis, más democráticas.

Es en este sentido en el que debemos reconocer que hemos progresado menos de lo que imaginábamos. Si a cualquiera de nosotros, al comienzo de aquella transición, nos hubieran preguntado cómo imaginábamos la Argentina 36 años después, hubiéramos respondido con elementos que la realidad de hoy no podría confirmar. Han transcurrido 36 años y no hemos podido salir del subdesarrollo. Algunos dirán que en realidad somos un país en vías de desarrollo. Esta diferencia semántica se funda en cuestiones de grado y a nosotros nos suena a eufemismo. Lo cierto es que no somos un país desarrollado. Y este subdesarrollo es el causante de muchas angustias y sufrimientos. Por eso es que el principal desafío hoy es alcanzar el desarrollo. Hay que poner en marcha una segunda transición, del subdesarrollo al desarrollo.

No es sólo una cuestión de crecimiento económico. El desarrollo supone la existencia de una sociedad que le garantice a sus miembros el reconocimiento jurídico de los derechos fundamentales y también su efectiva satisfacción, algo que no trae el crecimiento por sí solo.

El tema es que no es fácil resolver los problemas que nos anclan en el atraso. Las razones que explican el subdesarrollo de los países remiten a cuestiones complejas y de muy difícil resolución. No son problemas que se resuelven de un día para otro. Ya de por sí, la exigencia temporal implica una complejidad. Pero además se trata de asuntos en los que se contraponen visiones diferentes y fuertes intereses económicos. Por esto es que no es, como algunos creen, una tarea que se le pueda encomendarse al mercado. No es esta su función. Es una tarea esencialmente política, pero no de un solo partido ni de una sola gestión. A criterio nuestro, es un objetivo que requiere de acuerdos o consensos esenciales entre las principales fuerzas políticas, respecto de las metas a alcanzar y del tipo de sociedad a construir y de los instrumentos a utilizar. Porque es respecto de los instrumentos donde suele manifestarse la contradicción de los intereses más fuertes.

Estos acuerdos deben ser resultado del diálogo, la contraposición de visiones y argumentos entre las principales fuerzas políticas, y deben también comprometerse los principales actores económicos y sociales. Los de la producción y el trabajo. Solamente así se podrá contar con la confianza que asegure el indispensable acompañamiento ciudadano en la búsqueda de resultados cuya materialización, inevitablemente, requiere de tiempo.

La historia, por otra parte, nos acompaña con varios ejemplos que demuestran la virtud de los acuerdos políticos y sociales a la hora de enfrentar los desafíos más complejos. Es casi un lugar común, pero podemos citar el caso de España y los pactos de la Moncloa a la salida de la dictadura franquista. Y en efecto esos pactos y acuerdos facilitaron el camino a la modernización española, a la integración a la Unión Europea, y a uno de los períodos más largos de crecimiento y desarrollo. Un poco más atrás en el tiempo, otras naciones de Europa occidental nos brindan ejemplos en el mismo sentido. Después de la devastación que sufrieran como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, varios países iniciaron el período de crecimiento económico sostenido más exitoso en el siglo XX y construyeron sociedades con niveles de inclusión, protección y justicia social sin precedentes. Esto fue posible gracias a la existencia de acuerdos explícitos o implícitos al que en determinadas condiciones históricas pudieron arribar las fuerzas políticas, los sectores del capital y del trabajo.

También en Argentina, en la historia reciente, podemos señalar casos de acuerdos o consensos que nos permitieron superar desafíos muy complejos. No son, es cierto, ejemplos de acuerdos elaborados para atender objetivos como el que planteamos en esta nota pero ilustran la importancia de los mismos ante circunstancias complejas. Decíamos al principio que el objetivo primordial de la última transición democrática era terminar con las dictaduras. Esa realización fue posible porque las fuerzas políticas, sociales y económicas, en su inmensa mayoría, con sus más y sus menos, al igual que la inmensa mayoría de los ciudadanos, se había comprometido con el objetivo.

Otro caso que ilustra las ventajas de los acuerdos y la posibilidad de lograrlos es lo que ocurrió después de la crisis política, económica y social, del año 2001. En esa ocasión el presidente Duhalde convocó a la Mesa del Diálogo Argentino. Fueron los consensos a los que arribaron en esa mesa los principales actores políticos, sociales y económicos del país, los que contribuyeron al encauzamiento de la situación.

Lo dicho hasta aquí no significa que creamos que todas las cuestiones que hay que enfrentar en la sociedad tengan que ser abordadas a través del consenso. Decimos que hay algunas que, por su gravedad y por lo difícil que resulta resolverlas, son más fáciles de encarar a través de acuerdos entre las diferentes representaciones sociales y políticas. A nuestro juicio, la política pone a prueba su calidad cuando es capaz de identificar los problemas y crear las condiciones para a abordarlos a través del consenso. Por supuesto que la construcción de estos acuerdos implica siempre ciertos grados de tensión y discusión. Así es la política. Los horizontes de las aspiraciones y de lo realizable pueden ir cambiando conforme cambian las circunstancias políticas, sociales y económicas.

No podemos, antes de concluir, dejar de decir que para quienes pensamos esto, la primera condición para hacer posible los acuerdos a los que nos hemos referimos es terminar con "la grieta". No significa terminar con las diferencias. Lo que sí implica, entre otras cosas, es terminar con formas sectarias de relacionamiento entre los que piensan diferente. Terminar con la incapacidad para procesar de manera civilizada las discrepancias. Terminar con las actitudes propias de quienes actúan como si fueran los dueños de la verdad y creen que la culpa de todo está siempre en los otros. Terminar con la grieta es dejar atrás la atribución de mala fe o intensiones perversas sobre los que piensan diferente. Terminar con la grieta es terminar con la incomprensión acerca de que además de ganar elecciones hay que gobernar y que los agravios de las campañas dificultan esa tarea. Terminar con la grieta es comprender que no es gratuita, tiene costos que pagamos todos y muy especialmente las clases medias, los trabajadores, los jubilados y los sectores más humildes. Terminar con la grieta es terminar con lo que Raúl Alfonsín llamaba "antagonismos irreductibles", que caracterizaron nuestra historia y a los que él les atribuía gran parte de la responsabilidad de muchos de nuestros males.

¿Todo esto es difícil? ¿Es difícil terminar con la grieta, con los agravios de las campañas? ¿Es complejo arribar a acuerdos entre las fuerzas políticas, los sectores del capital y el trabajo? Sí, es difícil, pero no imposible.