Opinión Por Raúl Alfonsín Domingo, 21 de Abril de 2019

Felices pascuas

Recuerdos de un ex presidente. Artículo publicado en la revista Noticias el 19 de abril de 1992.

Domingo, 21 de Abril de 2019
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Por Raúl Alfonsín (*)

Hace ya cinco años de aquella Semana Santa de 1987, cuando después de uno de los momentos más dramáticos de mi vida personal y política, saludé al pueblo de mi país con las palabras que titulan hoy esta nota. Han pasado muchas cosas desde entonces, y ese saludo, esas dos palabras, han sido utilizadas infinidad de veces, por muchas y diferentes personas, como un símbolo negativo, convocando una sensación de fracaso colectivo, de hipocresía.

Debo decir que, en lo personal, me lastima esa deformación de lo que pasó, de lo que yo vivía en ese momento como primer responsable del destino de mi país. Pero mucho más relevante que el aspecto personal, mucho más grave que lo que el Presidente como individuo vivió durante esos días, es lo que el país, como unidad histórica, estaba enfrentando.

Y esa verdad, como la mía personal, ha sido también deformada. Si la deformación fue un producto de la común superficialidad con que se suelen tratar en nuestro país muchos de los temas más importantes de la historia argentina, o de la eficiente manipulación de la información que realizaron los sectores carapintadas, tiene ya hoy una relevancia secundaria.

Lo más probable es que haya habido un poco de las dos cosas y que las diferencias de opinión sobre ese punto sean sólo una cuestión de grado. Lo importante, lo que me preocupa profundamente, son los efectos políticos, y hasta psicológicos, de esa deformación histórica. Porque pienso que, de alguna manera, en esos episodios de la Pascua del ‘87 se jugó un capitulo fundamental de la identidad democrática de nuestro país.

El tema central de estas reflexiones pues, no es la honestidad de mi conducta —y en cualquier caso no estoy dispuesto a defenderla yo—, sino más bien el significado histórico de todas las decisiones que tomamos en esos días, cada uno de nosotros, desde el Presidente hasta el más sencillo de los ciudadanos. Porque todos fuimos y somos responsables de construir nuestra historia común.

En 1983, los argentinos comenzamos un profundo proceso de reconstrucción moral. Teníamos que dejar atrás, para siempre, algunas características de nuestra personalidad nacional que nos habían llevado progresivamente a destruirnos como sociedad. Las bases éticas de nuestra convivencia, el espacio social de lo común, todo aquello que amalgama y da coherencia y proyección histórica a una comunidad había sido desquiciado entre nosotros por el autoritarismo y la violencia.

Esa propensión a la violencia y esa tolerancia hacia el autoritarismo socavaron los cimientos de la sociedad argentina. Fue un largo proceso, de décadas, que culminó con el llamado proceso de “reorganización nacional”, la represión y la guerra. Hastiados ya de buscar un atajo antijurídico, la solución de un plumazo, decidimos colectivamente reemprender la senda democrática. Una senda a veces tediosa, no siempre satisfactoria, difícil de recorrer, pero cierta, segura, con reglas comunes para todos. Y lo cierto es que, mirando hoy en perspectiva, los hombres y las mujeres de los partidos políticos democráticos, la vieja y la nueva dirigencia política argentina, respondieron bastante bien al desafío básico que se nos planteaba.

La Semana Santa de 1987 fue la prueba de fuego de aquella decisión colectiva de abandonar la violencia y rechazar el autoritarismo. Apareció con toda crudeza ante nuestros ojos, en nuestros hogares, el fantasma del pasado en su traje de combate. Y la respuesta colectiva fue clara e inequívoca.

En un cierto momento de aquel domingo de Pascua, cuando me llegó la noticia de que los rebeldes no aceptaban deponer su actitud, consideré la posibilidad de marchar con la gente hacia Campo de Mayo para exigir la rendición -de los sublevados. En esta imagen fugaz, era el pueblo soberano, con sus dirigentes políticos al frente, el que demandaría el restablecimiento del orden y la paz. Pero decidí no hacerlo. Creí que era mi deber de presidente no exponer a cientos de personas a un riesgo incalculable.

Supe, además, que toda la fuerza y toda la autoridad que yo necesitaba para terminar con la sublevación estaban allí reunidas, afuera, en todas las plazas del país y en el corazón de cada uno de los argentinos. Que era verdad, que habíamos decidido, definitivamente, terminar con la violencia. Que el pueblo, en su conjunto, estaba dispuesto a defender la democracia. Decidí, entonces, ir yo solo a terminar con el asunto.

Jamás pasó por mi cabeza ceder ante los rebeldes. Todo el enorme y delicado proceso de reconstrucción moral que habíamos emprendido se apoyó siempre en la idea básica de no cruzar la línea que separa la necesidad coyuntural de los objetivos fundamentales.

Y, para poder erradicar la violencia y el comportamiento autoritario, el presidente es el primero que debe dar el ejemplo, el que debe recurrir a la ley, el que debe respetar la independencia de la Justicia, el que debe imponer la obediencia militar ante el poder civil. Yo no podía, como Presidente, negociar nada. Yo era el comandante en jefe de los sublevados por la decisión soberana del pueblo y ellos debían obedecerme. Punto. Y eso fue lo que pasó. Me expusieron su situación personal, tal como ellos la vivían, no sin demostrar la fuerte carga emotiva del momento, y depusieron su actitud.

La decisión de lanzar la llamada ley de obediencia debida, que se quiso vincular a estos hechos, ya habla sido tomada antes y su texto estaba ya preparado en el despacho del entonces subsecretario de Justicia.

La renuncia indeclinable del entonces jefe del Estado Mayor, que también se interpretó como prenda de una negociación, fue la decisión personal de un militar íntegro al que le había pedido evitara, en la medida de lo posible, derramamiento de sangre, que consideró inconveniente seguir al frente de la institución, porque supuso que se había producido un desgaste peligroso.

Todas las decisiones que tomé entonces, así como las anteriores y las posteriores, referidas a las violaciones a los derechos humanos y al orden constitucional, estuvieron presididas por la necesidad de instalar, asentar y dejar definitivamente estableado para los tiempos un sistema democrático real, encarnado en los valores de la gente. No podía haber impunidad ni caos generalizado, debían primar la razonabilidad política y la Justicia, no la sed de venganza ni la ignorancia.

Pero el hecho político trascendente de los episodios de Semana Santa fue la demostración de fuerza de la democracia. Todos los dirigentes políticos se pusieron a la altura del pueblo y cerraron filas para defender las instituciones democráticas. Le dimos un portazo al pasado. Y eso, fue definitivo. Porque más allá de la deformación posterior, inclusive más allá de las zozobras a que el sistema fue sometido después, con otros levantamientos, todos habíamos dado una prueba de lealtad que, íntimamente, necesitábamos. De lealtad con nosotros mismos, con nuestra decisión de abandonar el pasado, con nuestra decisión de caminar la senda de la construcción cotidiana de la democracia, sin autoritarismos, sin violencia. Y ese fue el hecho histórico básico, incontrastable, fundamental. Ese paso lo dimos los argentinos en la Pascua de 1987. Cuando hoy vemos lo que está pasando en otras democracias de nuestro continente, cuando analizamos los sucesos de Haití, de Venezuela, de Perú, lo que nosotros vivimos hace cinco años adquiere un extraordinario y profundo valor histórico.

A pesar de todo el corrosivo desgaste al que fue sometido mi gobierno por la acción psicológica de los sectores más antidemocráticos, a pesar inclusive de mis propios errores como gobernante responsable de comunicar con claridad todos los aspectos de las decisiones que se tomaron para imponer, de manera definitiva, la autoridad civil sobre la institución militar, y más allá de la evaluación particular que cada uno haya hecho de lo acontecido entonces, lo cierto es que la evolución democrática de la Argentina echó sus raíces en ese momento, se afianzó, se hizo carne. Eso es lo que cuenta.

Hoy, cinco años después, cuando el mundo se está sacudiendo las telarañas de la violencia que ocasionaba la guerra fría y los regímenes autoritarios se desploman en dominó, desde los más diversos lugares del mundo se vuelve a mirar la transición democrática de la Argentina para aprender de ella. Nuestro país encontró una manera de vencer su pasado autoritario y violento, y aunque aún nos reste mucho camino por delante en la construcción de un sistema político que asegure el respeto cabal de la dignidad del hombre, hemos avanzado.

Ahora son otros los desafíos que enfrenta nuestra joven democracia, más sutiles, más complejos y no menos importantes. Pero ese es otro capítulo. Hoy sólo quiero celebrar aquel momento clave, el del encuentro colectivo, el del coraje, el momento en el que decidimos demostrarle a nuestro pasado autoritario que no tendría retorno y que los argentinos habíamos decidido, definitivamente, vivir en paz, en libertad y en democracia. Por eso mismo, Felices Pascuas.

(*) Columna publicada en la revista Noticias del 19 de abril de 1992