Opinión Por Raúl Alconada Sempé Jueves, 21 de Junio de 2018

El adiós a Dante Caputo, un hombre de la democracia

Desde su incorporación al Radicalismo, durante la dictadura militar, Dante Caputo fue imprescindible para que el partido aportara todo lo que debía, lo que, junto al aporte de otros partidos o sectores, haría realidad la transición hacia la democracia.

Oír conversar, debatir, discutir, a Raúl Alfonsín, al Flaco Borrás, a Roque Carranza, a Yuyo Roulet, a Germán López y a Dante era algo extraordinario; siempre lo hacían sobre ideas o propuestas de acción, no de anécdotas personales, y así se "persuadían" de qué era lo mejor.

En la Cancillería tuve la oportunidad de trabajar con él, y con Jorgito Sábato, amigos inseparables, y todo era análisis profundo, perspectivas regionales e internacionales, repercusión interna, y las acciones a realizar.

El Tratado de Paz y Amistad con Chile, el Consenso de Cartagena -para la deuda-, el Grupo de Apoyo a Contadora, el Grupo de Río, el Grupo de los Seis -para el desarme mundial-, el apoyo a los procesos de transición democrática en Paraguay y en Chile, los acuerdos con Italia y España de cooperación, las votaciones casi unánime en las Asambleas Generales de la ONU respaldando el reclamo de un diálogo sobre Malvinas, el traslado de la Asamblea General a Ginebra para que Arafat pudiera dirigir la palabra a los Países Miembros, eso, todo eso y mucho más, fue producto de la elaboración y decisión de Dante.

La política de integración con Brasil y Uruguay, y luego con Paraguay, que dio lugar a la creación del Mercosur, y la eliminación de las hipótesis de conflicto en la región, es la realización que más perdura.

Siempre repetía, con su lógica impecable, que cuando sabés que se te presentará un dilema que no tiene solución, que Alem llamaba "dilemas fatales", era necesario anticiparse a eso para no tener que optar por ninguno de los extremos de dicho dilema fatal.

Fuimos una Nación No Alineada auténtica y tuvimos buenas relaciones con Estados Unidos y la Unión Soviética; fuimos latinoamericanos realmente, y mejoramos la relación con la Unión Europea. Sin claudicaciones, fiel a los principios de nuestra política exterior; sin exabruptos ni excesos; tal como lo debe hacer una república.

Es un orgullo recordar cómo se desempeñaba como canciller, como funcionario de la ONU o de la OEA; el respeto con que se lo escuchaba, la capacidad con que exponía, sin improvisaciones, sabía por qué decía cada cosa que decía.

En el plano personal, sólo voy a decir que quedo eternamente agradecido a él por lo que me permitió hacer y aprender, por la paciencia eterna de escucharme, y el resto me lo guardo para mí, para esa zona que sólo él y yo construimos y disfrutamos. Tuvimos momentos de pelearnos y de reirnos.

Aunque muchos tal vez no lo crean, tenía un gran sentido del humor, fino, sutil, y una hermosa vocación para la conversación general, y también para la íntima.

El párrafo final, para Anne y los chicos, a quienes Dante siempre tenía en cuenta en sus decisiones, de quienes siempre quería saber cómo estaba cada uno, sin importar dónde estuviésemos; y creo, además, que Anne lo debe haber ayudado mucho a fortalecer esa estructura cartesiana que lo caracterizó.


Por Raúl Alconada Sempé


Fuente. La Nación

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