Opinión · Lunes, 27 de Noviembre de 2017

¿Escuela republicana o escuela neoliberal?

El autor advierte sobre los posibles riesgos de que la racionalidad economicista y neoliberal sea la que determine los contenidos de la reforma escolar y los objetivos de la escuela pública.

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En general, cuando hablamos de neoliberalismo, asociamos la idea a determinada concepción de la economía. Sin embargo, tal como hemos afirmado en artículos anteriores, el neoliberalismo es bastante más que eso. Podríamos decir que lo que caracteriza al pensamiento neoliberal no es sólo su particular visión acerca de cómo debe funcionar la economía, sino también su pretensión de ajustar y subordinar a ella el resto de las esferas de lo social, inclusive la política.

 

Lo que intentamos mediante este trabajo es advertir sobre los posibles riesgos de que, en el debate acerca de la reforma escolar, sea esa racionalidad economicista y neoliberal la que determine los contenidos de la reforma, así como las funciones y finalidades de la escuela pública.

 

Desde que en el mundo se impuso la revolución neoliberal, y siguiendo además los consejos de diversas instituciones internacionales (Banco Mundial, OCDE, OMC), no pocos países han ido adoptando gradualmente el postulado de que la escuela y la educación pública deben servir a la visión que de la economía −y de la sociedad− tiene el neoliberalismo. En otras palabras, han convertido a la escuela (y en muchos casos la Universidad) en una institución cuyo principal y único rol –aunque no siempre se lo explicite así− es educar para la economía y el mercado. Es a esto a lo que llamamos Escuela neoliberal, la que reduce su función a la tarea de convertir al alumno en capital humano, fuerza laboral, factor de la producción o emprendedor.

 

La cuestión es que las personas no sólo vivimos en un sistema económico; también lo hacemos en una comunidad política. Y no creemos equivocarnos si decimos que todos queremos que ella no sólo sea cada vez más próspera económicamente, sino también cada vez más democrática. Tanto en un sentido formal como material. Pero, para ello, se necesita que la escuela, además de formar para la economía, forme para la ciudadanía. Esto es la función de la Escuela Republicana.

 

Desde este punto de vista, pues, lo que distingue a la Escuela neoliberal es el hecho de que no asume como función de la institución escolar −o bien la reduce a la mínima expresión−, hacer de los niños y niñas que pasan por ella miembros responsables de la sociedad a la que pertenecen.

 

Una de las manifestaciones del abandono de esta función es el cambio de la currícula o perfil de las asignaturas a enseñar. Todos vamos a coincidir si decimos que no es lo mismo formar emprendedores que ciudadanos. Dicho de otra manera: no se enseñarán las mismas cosas en una escuela que se propone formar personas aptas para el empleo y ciudadanos, que aquellas que se enseñarán en una que sólo se propone lo primero.

 

Es habitual escuchar a la gente quejarse −y con razón− porque los niños no aprenden efectivamente lo que en la escuela se les enseña. Al respecto se ha escrito mucho y, según muchos docentes y profesores, no pocas tonterías. Sobre todo acerca de las metodologías que deberían garantizar que lo que la escuela enseña sea efectivamente aprendido por el alumno. Pero no solemos preguntarnos en cambio, acerca de cuáles son las cosas que las escuelas deberían enseñar. Esta cuestión es tan importante como la anterior. La pregunta, en el fondo, es sobre el tipo de escuela que juzgamos más necesaria para el país.

 

Quienes creen que la escuela sólo debe formar para la economía y el mercado propondrán, como ya mencionamos que ocurre en muchos países desde que el neoliberalismo se convirtiera en hegemónico, que se eliminen o reduzcan a su mínima expresión las llamadas asignaturas humanistas (Historia, Filosofía, Literatura, Música, Ciencias Sociales en general). Es que, desde la perspectiva economicista, ese conjunto de asignaturas resulta superfluo. Sobrecalifican, se ha dicho. Es decir, enseñan más de lo necesario (claro, de lo que en el mercado y en la empresa se considera necesario). Es más, el hecho de que la escuela, mediante esas asignaturas, no sólo forma personas para el mercado, sino también ciudadanos conscientes de sus derechos y obligaciones, puede resultar inconveniente.

 

Si, en cambio, deseamos que la comunidad en la que vivimos sea cada vez más democrática, si eso también nos interesa, entonces reclamaremos la enseñanza de esas asignaturas humanistas que caracterizan la currícula de la Escuela republicana que, además de formar personas para la economía, forma ciudadanos. Aquellas que, descalificadas como teóricas o librescas, ayudan al alumno a reflexionar sobre la libertad, la igualdad, la tolerancia, la solidaridad; las que desarrollan el espíritu crítico y la sensibilidad política; las que brindan elementos para un análisis más inteligente de la realidad y para una mejor comprensión de esta como producto histórico contingente y susceptible de ser transformado. Claro −como dijimos− esas enseñanzas son innecesarias para el mercado, pero imprescindibles para la democracia. ¿O creemos acaso que el ciudadano republicano puede, sin consecuencias severas para la comunidad política, ser reemplazado por “el emprendedor” o “el capital humano” o “el factor de la producción”? Las consecuencias de semejante sustitución no pueden ser otras que una degradación y devaluación de las condiciones cívicas necesarias para la calidad democrática de la comunidad.

 

Marta Nussbaum, la conocida filósofa estadounidense, decía algo como esto: Pobre de las sociedades que deciden que sus escuelas o la educación pública sólo enseñen para desenvolverse en el mundo de los mercados o la economía. No lo decía con estas palabras, pero esa era la idea.

 

Oímos con frecuencia afirmar que la escuela es una herramienta para la igualdad. Pero debemos tener claro que dicha afirmación no es necesariamente incompatible con una escuela neoliberal. Sólo si con esa frase queremos decir que la escuela es una herramienta útil no sólo para alcanzar igualdad individual, sino para construir una sociedad más igualitaria, será incompatible con la escuela neoliberal.

 

Somos conscientes de que esta publicación se refiere exclusivamente a la problemática que nos plantea la educación escolar −y sobre todo la secundaria−; que cosas no muy diferentes sería posible decir de lo que podría ocurrir con la enseñanza universitaria. Oportunamente lo haremos. También somos conscientes de que algunos de los defensores de las reformas educativas neoliberales están animados por el afán privatizador. La educación mueve sumas impresionantes de dinero. También, en su oportunidad, nos referiremos a ello. Este es el primer aporte a un debate en el que −ojalá− se comprometa la sociedad en su conjunto.

 

Como dijimos al principio, puede que nos estemos curando en salud. Aunque no lo creemos. En este debate participan muchos actores. Los defensores de los argumentos neoliberales seguramente jugarán fuerte con el propósito de orientar el sentido de las reformas. Y los habrá en ámbitos distintos. Nosotros, modestamente, trabajaremos en la dirección opuesta. Advertimos, por otra parte, el hecho de que casi las únicas referencias que se hacen sobre la reforma escolar, la mayoría de las veces tienen que ver con la relación entre la escuela y el trabajo, y que, al contrario, pocas veces se formulan consideraciones acerca de la necesidad de que la escuela forme ciudadanos cada vez más comprometidos con la construcción de sociedades democráticas más sólidas y más exigentes, más justas y más igualitarias. También sorprende, como lo ha señalado Pablo Quiroga en números anteriores, el hecho de que desde distintas ámbitos se interpele más al emprendedor que al ciudadano. A lo sumo al vecino que, obviamente, no es lo mismo.

 

Por último, que nadie pretenda atribuir a estas reflexiones sentidos que nada tienen que ver con la intención que las anima. La reivindicación de la Escuela Republicana, no es, en el fondo, sino la reivindicación de una escuela que sirva a los valores y los principios consagrados en la Constitución nacional.

 

Por Ricardo Alfonsín

Publicado en Replanteo

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