Opinión · Sabado, 28 de Octubre de 2017

Reforma laboral: la culpa no es de los trabajadores

“Para combatir el desempleo es necesario, entre otras cosas, aumentar la inversión y el nivel de la actividad económica”. Esto repiten la mayoría de los gobiernos y de los economistas liberales en el mundo. Hasta aquí el planteo parece razonable. El problema es que no terminan allí. A continuación, agregan que “el obstáculo para la inversión son los trabajadores”. Dicho con más precisión: que los derechos de los trabajadores se han convertido en un obstáculo para la inversión y el crecimiento. Con semejante diagnóstico, la receta no puede ser otra que la conocida flexibilización laboral.

Traduzcamos al castellano: los trabajadores deben sacrificar derechos y aspiraciones a favor de los derechos y aspiraciones del capital. La combinación de estas condiciones recuperará la inversión y el nivel de la actividad económica.

La receta suele ir acompañada de la promesa de que, superadas las dificultades, las cosas volverán a su normalidad. Con ella sucede lo mismo que con la promesa de transitoriedad que suele acompañar la creación de algunos impuestos. Al final, se eternizan.

¿No les llama atención la naturalidad con la que algunos economistas o expertos (expertos en defender intereses) piden tantos sacrificios al sector del trabajo? Tal vez parten de la idea de que el capital tiene prioridad y de que esa prioridad es natural (¿cómo se explica que siendo tan natural haya generado tantas resistencias en la historia?). O tal vez se “olvidan” de que tan cierto como que sin capital no hay trabajo, es que sin trabajo no hay capital. Pero más llamativo aún, es que gran parte del sector del trabajo haya naturalizado estos recetarios. Este es -quizás- el mayor logro cultural del neoliberalismo. Es bueno recordar que éste no sólo es un fenómeno económico.

Pero si uno busca apenas un poco de información sobre el tema, al poco andar comprueba varias cosas. La primera es que existen importantes teóricos e investigadores que descalifican estas recetas, y muchos de ellos pertenecen al universo liberal, no al keynesiano. Sus opiniones, ciertamente, no tienen la misma difusión o repercusión mediática. Pero esto no tiene que ver con la calidad académica sino con otras razones que, de académicas, no tienen nada. La segunda, y tan relevante como lo anterior, es que hay muchos trabajos prácticos realizados por prestigiosos equipos de economistas de distintos países del mundo (incluyendo Argentina), que ofrecen evidencias empíricas de que no hay relación entre los derechos de los trabajadores y las crisis económicas. Y tampoco entre esos derechos y las dificultades para superarlas.

Todos esos trabajos demuestran algo bastante razonable: el crecimiento económico y la inversión dependen de un número importante de factores, y el laboral no es, ni mucho menos, el más decisivo. Influyen más el tipo de cambio, el nivel de las tasas de interés, el tipo de inserción en el mercado mundial, el nivel de endeudamiento, la logística, el capital institucional, la inversión en ciencia y tecnología, la calidad de las políticas económicas y de lo que podríamos llamar, en palabras de un sociólogo muy prestigioso, la “inteligencia de la sociedad”, esto es del Estado., ”.

En rigor esta discusión es muy antigua. Y es esta: cuánto de lo que produce esta “sociedad de capital e industria” se llevan los trabajadores y cuánto el capital. Esta es la discusión. Desde luego, la respuesta a esta cuestión no puede darla la supuesta ciencia económica, sino la política; y cuando digo política, digo la ciudadanía.
Después de la Segunda Guerra Mundial esta polémica también se planteó. Y es un momento de la historia del que podemos sacar algunas enseñanzas. En esa ocasión la cuestión se saldó mediante un compromiso entre el capital, el trabajo y el Estado. Se lo conoció con el nombre de keynesianismo, Estado de Bienestar o Consenso Socialdemócrata. Duró casi cuarenta años. Fueron los años de más justicia social; de más reconocimientos de derechos a los trabajadores; de mayor movilidad social; de mayor progresividad tributaria; de mayores compromisos estatales con las necesidades básicas. Pero fíjense ustedes lo que ocurrió además: la economía mundial nunca creció tanto. Lo que desmiente el dogmatismo neoliberal. Se califica aquella época, como la época de oro del Derecho del Trabajo.

No desconozco que se han producido cambios importantes y ciertas circunstancias que obligan a repensar los paradigmas laborales: La incorporación de la mujer al mundo laboral, la robotización, la internacionalización de las relaciones económicas, las capacidades diferentes de las PYMES, son algunos de los elementos que nos obligan a repensar las relaciones entre el capital y el trabajo.

Pero una cosa es repensarlas y otra muy distinta fragmentar la negociación colectiva, o derogar las normas que eviten abusos frente a la desigualdad preexistente entre las partes, o normalizar el trabajo temporal, o facilitar los despidos sin causa con indemnizaciones injustas o el debilitamiento en general de la organización de los trabajadores como instancias para la defensa de sus intereses y derechos. Se pueden repensar los instrumentos, desde luego, pero no sacrificar la naturaleza protectora del derecho laboral. Eso es impregnar de neoliberalismo el derecho del trabajo. Eso viene ocurriendo en gran parte del mundo. Incluso en la región.

Es de esperar, por el presente y por el futuro, que todos los ciudadanos nos comprometamos en este debate que se viene. Su resultado dependerá de la correlación de fuerzas que exista entre los que están con una u otra posición. En varias ocasiones se ha dicho que el acuerdo socialdemócrata que diera nacimiento al Estado de Bienestar mencionado antes, no fue fruto de expertos en sociología, ni en economía, ni en teoría política. Fue resultado de la lucha organizada y consciente de quienes, al finalizar la guerra, en gran parte resultado de las injusticias de un capitalismo asocial, más habían sufrido ambas (las injusticias y la guerra). En ese contexto, la correlación de fuerzas estuvo del lado de los que vivían de un salario. Y el mundo experimentó un progreso importante que gradualmente se viene desmantelando.

Pues bien, en poco tiempo más, se medirá la correlación de fuerzas existente en la Argentina respecto a este tema. Son muchos los actores que la definen: políticos, partidos, intelectuales, gremios, empresarios, medios de comunicación, ciudadanos. Habrá que ver detrás de qué propuesta juega cada uno de estos actores. Espero que la UCR, a la que no le tocó gobernar, pero sí representar, comprenda por fin lo que debió comprender desde el principio: que no solo tenemos el derecho a participar en el proceso de elaboración de decisiones, sino la obligación de hacerlo. Por lo pronto, tranquiliza saber que, a diferencia de lo ocurrido hasta ahora, el nuevo Presidente de la Convención Nacional, Jorge Sappia, viene haciendo trabajar sus comisiones en éste y en otros temas.

RICARDO ALFONSIN

DIPUTADO NACIONAL

UNION CIVICA RADICAL

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