Opinión · Lunes, 28 de Agosto de 2017

La reforma laboral, los derechos en riesgo

El autor reconoce que se han producido cambios importantes que obligan a repensar los paradigmas laborales existentes, pero asegura que el replanteo no puede implicar sacrificar la naturaleza protectora del derecho laboral, porque eso sería "impregnar de neoliberalismo el derecho del trabajo".

Alfonsín opinó sobre una posible reforma laboral

El desempleo, o la amenaza del mismo, es uno de los principales problemas que deben enfrentar la mayoría de los países. Para hacerlo con éxito es necesario, entre otras cosas, aumentar la inversión y el nivel de la actividad económica. Esto es lo que repiten la mayoría de los gobiernos y de los economistas liberales en el mundo. Hasta aquí el planteo parece razonable. El problema es que no termina allí. A continuación agregan que el obstáculo para la inversión y el crecimiento son los trabajadores. Dicho con más precisión: que los derechos de los trabajadores se han convertido en un obstáculo para la inversión y el crecimiento. Para la mayoría de los economistas liberales, y los gobiernos de ese signo, son los trabajadores y sus derechos los responsables de las crisis económicas y de las dificultades para superarlas. Puede parecer increíble, pero eso es lo que dicen.

Con semejante diagnóstico, la receta no puede ser otra que terminar con las rigideces del mercado laboral y flexibilizarlo. Traduzcamos al castellano este eufemismo técnico: para aumentar la inversión, los niveles de actividad económica y el empleo, los trabajadores deben disponerse a sacrificar derechos y aspiraciones y, por ende, a mejorar los derechos y aspiraciones del capital.

La receta suele ir acompañada de la promesa de que, superados las dificultades, las cosas volverán a su normalidad. Con esto sucede lo mismo que con la promesas de transitoriedad con la se crean ciertos impuestos. Al final, se eternizan.

Desde que empezaron a aplicarse las políticas neoliberales (hace aproximadamente cuarenta años) las crisis se repiten una tras otra. Las medidas que se toman para superar la última son la causa de la próxima. Pero el diagnostico no cambia: la culpa de la crisis y de las dificultades para superarla sigue siendo la supuesta rigidez del mercado laboral. Lo que era transitorio, entonces, pasa a ser permanente y, además, insuficiente. Se hace necesario otro esfuerzo y, por supuesto, siempre de los trabajadores.

¿No les llama atención la naturalidad con la que economistas o expertos (expertos en defender intereses) piden tantos sacrificios al sector del trabajo? Tal vez se “olvidan” de que, tan cierto como que sin capital no hay trabajo, es que sin trabajo tampoco hay capital.

Pero más llamativo aún es que gran parte de los que no son dueños del capital han naturalizado estos diagnósticos y recetarios. Este es -quizás- el mayor logro cultural del neoliberalismo. (Es bueno recordar que el neoliberalismo no sólo es un fenómeno económico).

Al buscar información sobre este asunto, se comprueban varias cosas sobre los diagnósticos y recetarios provenientes del universo académico liberal. Primero: existen importantes teóricos e investigadores que sostienen exactamente lo contrario y muchos pertenecen a la escuela liberal. Sus opiniones, ciertamente, no tienen la misma difusión o repercusión mediática. Pero esto no tiene que ver con la calidad académica sino con otras razones que, de académicas, no tienen nada. En segundo lugar, existen muchos trabajos prácticos realizados por prestigiosos equipos de economistas de distintos países del mundo (incluyendo a la Argentina) que ofrecen evidencias empíricas de que no hay relación entre los derechos de los trabajadores y las crisis económicas. Y tampoco entre esos derechos y las dificultades para superarlas.

Todos esos trabajos demuestran algo bastante razonable, pero que pocas veces mencionan los economistas liberales. Es lo siguiente: el crecimiento económico y la inversión dependen de un número importante de factores y el laboral no es, ni mucho menos, el más decisivo. Influyen mucho más el tipo de cambio, el nivel de las tasas de interés, el tipo de inserción en el mercado mundial, el nivel de endeudamiento, la logística, el capital institucional, la inversión en ciencia y tecnología, la calidad de las políticas económicas y de lo que podríamos llamar, en palabras de un sociólogo muy prestigioso, la “inteligencia del Estado”.

Lo dicho en el párrafo anterior es válido también para oponerlo a los argumentos de quienes, en nombre de la competitividad internacional, la emprenden contra los derechos de los trabajadores.

La discusión a la que asistimos en estos tiempos en todo el mundo es muy antigua. En el fondo lo que se discute es cuánto de lo que produce esta “sociedad de capital e industria” se llevan los trabajadores y cuánto el capital. Este debate no puede ser resuelto por la supuesta ciencia económica sino por la política. Y cuando digo política digo la ciudadanía.

Después de la segunda guerra mundial, la polémica se saldó mediante un compromiso entre el capital, el trabajo y el Estado. Se lo conoció con el nombre de keynesianismo, Estado de Bienestar o Consenso Socialdemócrata. Duró treinta años. Fueron los años en los que la justicia social alcanzó niveles sin precedentes; en los que, como nunca antes, se reconocieron derechos a los trabajadores; en los que existió una movilidad social que tampoco tenía precedentes; en los que el Estado puso en práctica un sistema tributario influido por la idea de la equidad social, y en los que se ofreció seguridad a los ciudadanos. Y hay algo que también ocurrió en esos años que suelen omitir los autores del recetario neoliberal: la economía mundial nunca, ni antes ni después, creció tanto. A esos treinta años se les llamó “los treinta gloriosos” y se califica aquella época como la época de oro del Derecho del Trabajo.

No desconozco que se han producido cambios importantes que obligan a repensar los paradigmas laborales existentes en el consenso socialdemócrata. La incorporación de la mujer al mundo laboral, la revolución científico-tecnológica, la robotización, la internacionalización de las relaciones económicas, las capacidades diferentes de las PYMES, son algunos de los elementos que nos obligan a repensar las relaciones entre el capital y el trabajo.

Pero una cosa es repensarlas y otra es sacrificar derechos de los trabajadores. Una cosa es adaptar el derecho laboral y otra individualizar la negociación con la patronal reemplazando a la colectiva, derogar las normas que evitan abusos frente a la desigualdad preexistente entre las partes, institucionalizar como norma el trabajo temporal, facilitar los despidos sin causa con indemnizaciones injustas, sacrificar el salario en nombre de un beneficio empresario mayor. Se pueden repensar los instrumentos, pero no sacrificar los valores en los que se fundaba el derecho laboral. No se puede abandonar su la naturaleza protectora. Eso es impregnar de neoliberalismo el derecho del trabajo. Eso viene ocurriendo en gran parte del mundo. Incluso en la región.

Como verán, ni una palabra he dicho sobre la reforma laboral que, según trascendidos periodísticos, se discutirá en la argentina. No podría hacerlo, no conozco sus contenidos ni prejuzgo sobre ellos. Al ver, verás.

Este artículo es sólo un primer aporte a una discusión que seguro se dará en el país. No es una discusión científica. Es política. Espero, por el presente y por el futuro, que todos los ciudadanos nos comprometamos en ella. Siempre digo que no hay transformación posible en una sociedad democrática, ni buena ni mala, sin una mayoría dispuesta a acompañarla.

Dije antes que el resultado de esta nueva discusión entre el capital y el trabajo depende de la política y no de una ciencia económica que, en rigor, no es tal. Con esto quiero decir que el resultado depende de la correlación de fuerzas que exista entre los que están de acuerdo con cada posición. Como se ha dicho en reiteradas oportunidades, el acuerdo socialdemócrata no fue fruto de expertos en sociología, ni en economía, ni en teoría política. Fue resultado de los reclamos que al finalizar la guerra, en gran parte originada por un capitalismo asocial, hicieron los ciudadanos que más habían sufrido el drama de ambos fenómenos. En ese contexto, la correlación de fuerzas estuvo del lado de los que vivían de un salario. Y el mundo experimentó un progreso importante que hoy vemos peligrar.

Pues bien, en poco tiempo más, se medirá la correlación de fuerzas existente en la Argentina respecto a este tema. Son muchos los actores que la definen: políticos, partidos, intelectuales, gremios, empresarios, medios de comunicación, ciudadanos. Habrá que ver cómo juega cada uno de ellos.

 

Por Ricardo Alfonsín

Diputado Nacional por la UCR

 

Publicado en Revista Replanteo

www.replanteorevista.com

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