Opinión · Miercoles, 22 de Junio de 2016

Las consecuencias de años de ausencia de República

La llegada de la dinastía de los Kirchner al poder nacional fue acompañada por un ferviente deseo y una enorme necesidad del pueblo argentino de concretar al fin, una democracia justa, inclusiva, moderna, solidaria y eficiente. Se prometía un nunca más a los Alderete y las María Julia en el PJ, tal como Kirchner manifestaba en su cierre de campaña en el mercado central. Se promocionaba el retorno de un país normal.

Quienes veníamos sufriendo y padeciendo al kirchnerismo y conocíamos en detalle la forma con que los Kirchner concebían y ejercían el poder en Santa Cruz, y su lógica, sentíamos en ese tiempo una mayor responsabilidad de alertar y gritar a viva voz lo que se venía: la reproducción y réplica a escala nacional del autocrático, populista y conservador manual de Santa Cruz.

Se venía la época de la política del poder bruto. Del poder sinmoral, impiadoso y cruel contra todo aquello que se interpusiera en sus planes de doblegar, rendir, subyugar y quebrar a la sociedad argentina y a sus instituciones públicas, afín de colocarse como en Santa Cruz, por fuera de la ley.

Para el kirchnerismo desde su origen en 1987, en la intendencia de Río Gallegos a la fecha, gobernar es mandar. En su pensamiento, sólo puede mandar quién puede hacer lo que quiere sin la posibilidad de ningún freno institucional.

Así, el poder se concibe como arbitrariedad, es decir, como poder llevar adelante lo que les plazca y causar el daño que deseen, sin que pueda ésto ser frenado o repelido o menguado por ninguna acción o contrapeso republicano.

¿Qué es el kirchnerismo? ¿Cómo son los Kirchner? Se me preguntaba en aquellos años del 2003. Eran tiempos difíciles aquellos.  

El relato, guión y montaje de los Kirchner comenzaba a surtir efecto en la sociedad, en los medios, y en la dirigencia política en general. Se ampliaba rápidamente la débil base de sustentación política con la que el gobierno iniciaba su llega al poder.

La sociedad argentina acompañaba al hombre común de mocasines, que se alejaba del protocolo, mostrando una frescura y rebeldía impostada y cínica. 

El hombre firmaba con lapicera Bic su asunción presidencial y prometía un país en el cual su presidente jamás dejaría sus convicciones en la puerta de la Casa Rosada.

Claro que no las dejaría. Lo sabíamos. ¿Cuáles son las convicciones del kirchnerismo? ¿Cuál es su genoma?

Este proyecto siempre ha sido y es tres cosas: autoritarismo, violencia política y corrupción.  

Así le contábamos a todo interlocutor que nos preguntaba. Hablábamos como alguna vez dijo Jesús, para todo aquel que quisiera escuchar.

Lo que se veía como bueno en sus inicios, no era otra cosa, que el exitoso plan de acción, sobre el cual, se comenzaba a sentar las bases para convertir al país en Santa Cruz.

Esa fue la lógica del gobierno tan difícil de decodificar para muchos, por años.  

Ese modelo de gobernar requería como necesario, duele decirlo, cometer más de un delito por día para funcionar.

Los Kirchner construyeron un cuento que no prestó demasiada atención a los detalles, como si brotara de un lugar carente de historia, de pasado, de contradicciones, errores, manchas, ocultando esa historia desconocida para el gran público.

Era difícil que se nos creyera en ese momento. No se nos escucho pese a esfuerzos inhumanos que cayeron en sacos rotos.

No es cierto que las personas y los pueblos adoran la verdad y sólo desean y necesitan la verdad. Al menos no todo el tiempo, o en todo momento, a lo ignominioso cuesta mirarlo de frente.

Al que dice la verdad muy rápido raramente le va bien. Muchas veces los pueblos como las personas, se cansan y desoyen los hechos que no les agradan, a cuales se los tilda de   pesimistas y negativos.

Sartre decía que muchas veces quien es visto como pesimista no es otra cosa que un optimista bien informado.

Así se logró internalizar en la sociedad, y hasta en los medios, como un hecho la idea de los Kirchner ricos desde siempre, preocupados por los Derechos Humanos y progresistas, representantes de la nueva política y emancipadores de la Nación. Los Kirchner se enriquecieron en la función pública.

Dejaron correr y les gustaba que se diga que se hicieron inmensamente ricos con la 1050 en la época de dictadura, pues esa circunstancia les aseguraba que se creyera que eran ricos desde allí. Algunos periodistas creyendo lo deslegitimaban y repetían "se hizo rico con la 1050".  

La verdad de los Kirchner era más triste y patética, así que mejor fomentar esa idea. Remataron algunas casas con la 1050, pero no se hicieron ricos ni mucho menos.

La verdad es que no hicieron nada por esos años por los Derechos Humanos, dejaron sin casa   con rapacería a algunas familias, pero no se hicieron ricos. Se enriquecieron luego, ilícitamente en el ejercicio de casi 30 años de la función pública.

Aún hoy la expresidente ni siquiera pudo acomodar los tiempos del relato y no puede justificar siquiera su declaración en blanco.

Por supuesto la fortuna de la expresidente no es la declarada, sino que como denuncié es cercana a los 21. 000 millones de dólares, si se suma la fortuna de sus testaerros y sus   participaciones accionarias.

También se instaó la idea del progresismo. Del falso progresismo.

Éste sirvió como una muralla contenedora de su corrupción. Compraron la causa de los Derechos Humanos y pusieron a las Madres a defender al gobierno.  

No es progresista ser corrupto y quemarle la casa a los opositores, como hacían los Kirchner en Santa Cruz.  

No es progresista aprovecharse de causas nobles y sagradas para provecho personal.

El gobierno de los Kirchner aprovechó un crecimiento económico heredado.

Un crecimiento económico repentino y artificial en cierto modo, porque se basaba en   circunstancias económicas coyunturales favorables del mundo y no en medidas políticas genuinas y propias. El país crecía sin mérito de los Kirchner.

Se logró así, que el manual de Santa Cruz convirtiera al Congreso Nacional en un ámbito de no discusión, sino de imposición.  

La imposición es el antónimo de la deliberación.

Nunca, como en estos años, la decisión política estuvo tan aislada de la política y tan reducida a pocas personas.

Se maniato la justicia y se logró fuera tan servil y domesticada como la de Santa Cruz, sobre todo la Justicia Federal.

Hoy vemos que cuesta que la justicia actúe. Quedan esos resabios.

Se convirtió a los gobernadores en oscuros gerentes de humillantes sucursales del poder central.  

Se desguazó y desmanteló todo organismo de control, se generó un tiempo sin crítica y sin  debate, desapareciendo de modo alarmante los medios independientes del gobierno y del poder.

Se conformó un empresariado de testaferros y empleados del gobierno.

Millonarios seudo empresarios que en un país normal no podrían ser siquiera buenos empleados.  

Se dispuso de mucho dinero para gastar impunemente sin que se pudiera revisar o controlar medida de gobierno alguna.

Igual que en Santa Cuz, cuando se cobraron las regalías hidrocarburíferas por mil millones de dólares, no rendidos aún, con investigación judicial aún pendiente.

Se persiguió y amedrento a opositores, periodistas, empresarios, y se los escuchó y espió, al   igual que a los estudiantes y obreros hasta con Gendarmería.

Se filmaron las marchas y protestas, también con grupos parapoliciales.

Por último, se ahogó y disciplinó a los medios, privilegiando con favoritisimo millonario e impune a quienes reflejaran la realidad guionada oficial. 

¿Cuál ha sido el interés de controlar los medios? Que no se investigue, publique y evidencie la corrupción y todo lo que no es conveniente para el gobierno.

No sólo eso. Se perseguía lograr que la sociedad adopte como moral, la moral de la pandilla. Lograr imponer hechos creados o falsificados.

Pero los gobiernos perecen por la exageración de sus principios, nos enseñó Aristóteles.

Luego de la muerte de Kirchner y de lograr transformar la misma en un triunfo electoral, el   gobierno se desbocó. Se desnortó. Ya la proliferación de bolsos, valijas, vuelos y viajes con dinero se tornó desprolija y descontrolada.

La expresidente, reconocía en ese tiempo su "vamos por todo", y Carlos Zannini confesaba "que no habían puesto a la Corte para esto".

Se permitieron terminar, con la única certeza que tenía el pueblo argentino luego del menemismo como política del estado: que no íbamos a caer en los brazos de Irán. La expresidente cruzó ese límite y pacto impunidad con Irán.

Hubo más: se nombró al represor Milani como jefe del Ejército. Se subió un cuadro vergonzante y se puso a las Madres a defenderlo.  

Se intentó hacer del Consejo de la Magistratura el lugar donde se llevarían a cabo las purgas que garantizarían impunidad frente al saqueo.

Se dijo que se quería democratizar la justicia, tal vez pensando en Zannini presidente de  la Corte, como en Santa Cruz de 1998, cuando temían perder la provinica e ir presos. 

Se insistió con la ley de medios para cerrar el manual de Santa Cruz completo y realizado.

Se intentó, como en Santa Cruz, ir hacia una reelección indefinida mediante la reforma de la Constitución Nacional. Se perseguía terminar con la disputabilidad real del poder.

Cuando el poder no puede disputarse, la democracia es parodia y simulación.

Pero fue todo muy burdo. Con la Cámpora splamente ya no se podía con todo eso, más alla de Zannini y sus esfuerzos de complacer.

Hoy la sociedad ha comenzado a reaccionar.

Ya tiene claro, que el cambio, no significa un cambio de gobierno. Lo que debe cambiar es el sistema político, intentando colocar los cimientos para que la democracia sea una realidad palpable por el ciudadano. Esto es lo que está en juego y pendiente, más allá de investigar la corrupción organizada del gobierno que se fue.

Se advierte hoy, que hubo años de un ejercicio desmesurado del poder desde el 2003, y esta política del poder bruto con corrupción macrocefálica ha sido disvalioso para el país, ha   causado pobreza, muerte y atraso.

Se tardó mucho en reaccionar.

Los Kirchner fueron un gobierno de consignas y slogan vacios, que jamás soportó que se lo investigue.  

Porque la corrupción fue galopante, bizarra, desopilante y asqueante.

Denuncié recientemente, en febrero, a la expresidente Cristina Kirchner por lavado de dinero, contrabando, narcotráfico y enriquecimiento ilícito. Debe prosperar esta denuncia, que señala la metodologia del enterramiento de dinero, oro, armas, y droga y da precisión sobre tal accionar.

El kirchnerismo nos ha enseñado mucho en estos años.

Primeramente, que no todo lo que viene es un avance.

También nos enseño, que los argentinos debemos dejar de tirarnos los muertos y estar dispuestos de una buena vez a hacer cosas que no vamos a poder ver.  Así se hacen grandes   los países. Resulta imperioso poner fin al hiperpresidencialismo.

Es necesario que comprendamos que el cambio en la Argentina no tiene porque tener la dependencia atroz que tiene con respecto a la crisis y la calamidad.

Por último, debemos arpender que tenemos que poner el poder en las instituciones y no en las personas, comprometiéndonos a un nunca más a la corrupción.

¿Cómo lograrlo? En principio, teniendo claro que el poder sin control siempre oprime.

Hoy lo más revolucionario es recuperar la normalidad institucional. 

Debemos declarar imprescriptibles los delitos de corrupción -que son los delitos del poder-, aprobar la ley del arrepentido y extinción de dominio y ampliar el alcance y rigurosidad de la trasnparencia pública y la publicidad de los actos de gobierno.

Cuidado.

De esto debemos ocuparnos los argentinos. Los argentinos debemos salvarnos solos.

Los Kirchner han sido grandes maestros. Su paso por el poder vino a enseñarnos, a mostrarnos nuestra peor cara como sociedad.

Una sociedad que quitó la mirada del mal y no se preocupó preeminentemente por la corrupción.

Hoy todos saben que mi denuncia del entierro de dinero desnudó la cara más atroz de esta corrupción.

Ese dinero enterrado, que aún debe buscarse, significó el entierro de una posibilidad única, de dar un salto como país, que nos llevara a ocupar un lugar de privilegio en el mundo y termine con la pobreza en la Argentina.

Esa posibilidad fue enterrada. Ya todos sabemos cómo. 

Dr. Alvaro Héctor de Lamadrid. 

Dirigente UCR.

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