Opinión Por Luis Alberto Romero Jueves, 3 de Marzo de 2016

Macri, con el escudo de un optimismo moderado

Tras una exposición descarnada, pero no dramática, ante la Asamblea Legislativa, el Presidente confirmó que no lo tienta el autoritarismo y se mostró dispuesto a admitir errores y a corregirlos

¿Cómo será el liderazgo de Mauricio Macri? Ayer, en el Congreso, tuvimos un buen testimonio de su estilo, en el que ya se nota la experiencia de casi tres meses de gobierno. Hubo una exposición descarnada pero no dramática de lo recibido y un ambicioso conjunto de propuestas, para las que requirió la colaboración, el apoyo y la crítica de todos, incluso de quienes allí estaban manifestando una actitud hostil.

En la Argentina, como en cualquier otro país, el estilo presidencial define un gobierno. En 2014, según una encuesta de opinión sobre nuestra cultura política, un 75% se inclinó por un liderazgo respetuoso de la ley, aun a costa de una reducción de su poder, de modo que una gran mayoría parece afín con el estilo de Macri que conocemos. Sin embargo, la tradición democrática argentina, lejana y reciente, transcurrió con pocas excepciones por otros caminos, más autoritarios. Las tradiciones pesan, pues conforman el marco de lo deseable y lo esperable. ¿Escapará Macri al borgeano "destino sudamericano"?

Nuestro país ha tenido dos experiencias democráticas intensas, entre 1916 y 1955, y desde 1983 al presente, separadas por un interludio donde la democracia escaseó. En 1916 la Argentina ingresó en la democracia de masas por una vía "iliberal", seguida por H. Yrigoyen y luego por J. D. Perón: democracia de líder, plebiscitaria y unanimista, basada en una fuerte corriente nacionalista y populista. Ambos gobernaron un país con una sociedad igualitaria y muy móvil, que tradujo la democratización social en un estilo autoritario de democracia popularizado en el mundo desde 1890.

Yrigoyen y Perón compartieron la idea de que representaban al pueblo unánime, quien los investía de un mandato regenerador y los colocaba por encima de las instituciones. Ambos creyeron que sus adversarios eran enemigos de la causa nacional, y actuaron en consecuencia. El presidencialismo, esbozado en la Constitución y acentuado desde Roca, se profundizó con esta legitimidad suplementaria de la misión regeneradora.

Las diferencias entre ambos fueron grandes, sobre todo en el tema de libertades personales, religiosamente respetadas por Yrigoyen y avasalladas por Perón. No sólo fueron diferencias personales. El mundo cambió mucho desde 1922 con el fascismo, que dejó su huella en políticos como Perón. Por otra parte, el raquítico Estado que gobernó Yrigoyen se expandió sustancialmente en los años treinta, cuando el presidente Justo impulsó su dimensión dirigista, reguladora y promotora, que está en la base de las políticas peronistas. Para nuestro tema, la primera mitad del siglo XX dejó asentada la experiencia de liderazgos presidenciales fuertes, fundados en la relación mística entre el pueblo y su líder.

Entre 1955 y 1983 hubo poca democracia, pero no faltaron los proyectos de liderazgo presidencial de corte nacional y popular. Lo intentó Frondizi, cuya bandera regeneracionista fue el desarrollo, pero le faltaron "uñas para guitarrero". Onganía, que tuvo su propia idea de nación y regeneración, en clave social cristiana, se perfiló como un nuevo Franco, pero resultó ser un inepto para la política. En 1973 Perón pudo ser un líder democrático fuerte, pero entonces la democracia y la ley importaban poco, y el mismo Perón se contaminó, con la Triple A.

 

En 1983 comenzó la segunda experiencia democrática, hoy felizmente encarrilada, que se desarrolla en condiciones muy diferentes de la primera. El Estado se deterioró hasta casi inutilizarse y la sociedad se polarizó hasta la segmentación. Ni integración, ni movilidad ni Estado potente acompañaron esta experiencia, que conoció dos grandes estilos de liderazgo.

Raúl Alfonsín fue el gran ejemplo de liderazgo democrático institucional y pluralista. Fue notable por lo que hizo -lo que quiso, pudo y supo hacer- y por el ejemplo y la inspiración que transmitió a la civilidad, extendido mucho más allá de quienes lo votaron. Su gestión distó de ser globalmente exitosa, pero construyó las bases institucionales y éticas de la democracia liberal. Abrió los debates, agotó las consultas y finalmente resolvió, con autoridad y responsabilidad. Pero, a la vez, no se obstinó cuando encontró resistencias fuertes. Allí hubo una novedad en nuestra política: el juego positivo entre un líder presidencial fuerte y una sociedad civil que discute y controla.

Luego tuvimos 25 años de liderazgos peronistas. La breve y frustrante experiencia de la Alianza, que los separa, dejó dos lecciones importantes: el discurso ético no es suficiente, si no se acompaña con eficacia de gobierno, y un liderazgo presidencial fallido puede derrumbar cualquier propuesta política.

Menem y los Kirchner se diferenciaron en muchas cosas, pero en materia de liderazgo presidencial fuerte hubo continuidad y profundización. En 1989 se inició el giro hacia la concentración presidencial del poder: la democracia delegativa, y luego el decisionismo crudo, fundado en una concepción plebiscitaria del sufragio, que Cristina Kirchner expresó sin velos. Ambos gobiernos abusaron del Estado, lo inutilizaron, lucraron con él y lo usaron para producir los votos necesarios. El Estado de Derecho retrocedió y el magisterio ético de Alfonsín fue reemplazado por el relato kirchnerista, basado en la versión setentista del nacionalismo popular. Las formas de la democracia sobrevivieron, pero el liderazgo presidencial se convirtió en un autoritarismo extremo, similar al de Perón hacia 1954.

En suma, el país tiene una tradición dominante de liderazgo plebiscitario, autoritario y unanimista, de base nacional y popular. Para los políticos, fue una fórmula exitosa. Los gobernados la toleraron y muchos la disfrutaron.

A este mundo arriba Macri. No sabemos qué llegará a ser, pero es claro lo que no será. Es imposible que encaje en la tradición nac&pop, de modo que esa receta seguirá en manos de su oposición. También está lejos del estilo inspirador y ético de Alfonsín; lo suyo es el optimismo moderado. Por otra parte, no podría ser autoritario: su base política es tan débil que por mucho tiempo no tendrá otra alternativa que negociar con todos, avanzando y retrocediendo. Pero considera meritorio admitir los errores y corregirlos. Todo eso se vio ayer.

Sabemos para qué lo eligieron: reparar desastres, reconstruir y volver el país a la normalidad, especialmente en la macroeconomía y en el Estado. Eso concuerda con su estilo de ingeniero y con sus antecedentes de gestión. ¿Cómo lo hará? Su equipo gobernante es muy bueno, pero la gestión es inclemente, y muchos se habrán ido antes de que pase un año. Al Presidente le toca lo más difícil: combinar lo urgente con lo importante, la táctica con la estrategia, y explicarlo de manera convincente. Ayer lo hizo bien.

Mi impresión es que, en estos primeros meses, el Gobierno viene "peludeando", una vieja expresión referida a cómo manejar en el barro. Aprieta y afloja, prueba y se corrige. Para peludear, además de pericia -que todavía debe probar-, se necesita mucha serenidad, que aparentemente tiene. Este peludeo no será eterno. Ayer avanzó con propuestas que van más allá de lo urgente. Como les ocurrió a Alfonsín, a Menem y a Kirchner, en unos cuantos meses el Gobierno encontrará el camino por donde transitar.

Esta espera pone nerviosos a quienes lo miran con simpatía. Convencidos de que su fracaso sería gravísimo, se angustian ante cada toque de volante, de freno y acelerador, o de un rebaje. Algunos descargan su ansiedad dramatizando cada pequeño apartamiento de su ideal institucional; otros explican la manera correcta de hacer cada cosa, convencidos de que gobernar un país es lo mismo que manejar una PlayStation.

La sobrecarga de expectativas -más allá de la crítica, sin duda indispensable- no ayuda al piloto a mantener la tranquilidad, indispensable para peludear. Sabemos algo importante: no es un inexperto ni aspira a sumarse a la infausta saga de líderes autoritarios y unanimistas. Conviene esperar a que llegue al asfalto para conocer cuál será finalmente su estilo de liderazgo.

 

Por Luis Alberto Romero - Historiador

 

Fuente: La Nación Miércoles 02 de marzo de 2016

 

 

 

    Seguí leyendo en Opinión