Opinión Miercoles, 18 de Noviembre de 2015

El voto progresista en este balotaje

Por Marcelo Alegre y Julio Montero

Una visión progresista incluye dos compromisos. El primero es con los presupuestos de una sociedad democrática: el estado de derecho, el diálogo, una cultura abierta, respeto a las reglas. El segundo es con las reformas que promuevan una mayor igualdad.

Sin el primer compromiso, el progresismo deja de ser democrático. Se vuelve la caricatura que hoy parece definirlos a ojos de sus críticos: personas indiferentes a las violaciones de derechos cuando las cometen sus amigos, y dispuestas a minimizar los atropellos a la ley como manifestaciones de formalismo pequeño burgués.

Un voto a favor del gobierno no es un voto progresista en tanto implica abandonar el compromiso con la democracia. En el imaginario actual, existe una tendencia a reducir la democracia a elecciones regulares. Pero la democracia es mucho más que votar; ella aspira a crear una verdadera comunidad de iguales unidos por valores comunes.

Esos valores son los de la Constitución, materializados en los derechos y procedimientos que ésta establece. A su vez, cuando la cultura democrática ha echado raíces, las diferencias sobre las políticas que dichos valores requieren se dirimen mediante una deliberación ciudadana con un mínimo de amistad cívica.

Pero la última década representó un gran retroceso en este compromiso. El gobierno se siente dueño de la información pública, que falsifica y difunde a su placer. Desde la perspectiva oficial el gobierno corporiza la igualdad, la inclusión y la justicia, mientras que sus detractores representan el hambre, la opresión y el odio. Esto destruye la cultura democrática. Cuando el adversario electoral es un canalla, no hay nada que discutir, consensuar ni negociar.

La democracia de partido único es la versión renovada del viejo sueño autoritario que al PJ le cuesta abandonar. 

Un voto a favor del gobierno implica también dejar de lado el compromiso con la igualdad. Durante doce años, el gobierno ha omitido realizar una reforma impositiva progresiva; ha negado el derecho a la tierra a los pueblos originarios, consintiendo su maltrato y hasta su lento exterminio a manos de señores feudales; ha nombrado a un ex-represor al frente de las fuerzas armadas y lo ha utilizado para espiar a dirigentes sociales; se ha negado a modernizar la legislación sobre al aborto; ha respaldado la enseñanza religiosa en las escuelas públicas salteñas; y ha mantenido un silencio cómplice ante brutales violaciones de derechos humanos en la región.

A pesar de las discrepancias y críticas contra el gobierno de Mauricio Macri, nada en su gestión permite inferir que un triunfo de Cambiemos nos alejará de los ideales progresistas en materia educativa, separación de iglesia y estado, salud universal o transparencia.

En ninguna de las dimensiones que le importan a un votante de centro-izquierda hay razones para votar al oficialismo.

Cambiemos, en cambio, representa un paso razonable hacia los dos grandes objetivos de la izquierda democrática: fortalecer las instituciones y avanzar hacia la igualdad.

 

Por Marcelo Alegre y Julio Montero, profesores de Derecho de la UBA.

FUENTE: Clarín

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