Opinión · Martes, 22 de Julio de 2014

La torpeza fue peor que la deuda

Por Rodolfo Terragno

Si una empresa no puede pagar su deuda, tiene un remedio. Llama a los acreedores y les pide una rebaja o más plazo. Si la mayoría arregla, el arreglo vale para todos; así lo dice la ley. Los acreedores minoritarios no tienen “derecho al pataleo”.

En cambio, si el que está en problemas es un país, la cosa cambia. Es cierto que también puede llamar a sus acreedores y pedirles rebajas o plazo. Pero en este caso, la mayoría no obliga a la minoría. Si un acreedor no quiere hacer rebajas, no las hace. Si no quieren dar plazo, no lo da.

Dice “no” y se queda con el derecho de ir a pedirle a la justicia que le paguen 100 por ciento.

En 2002, Anne Krueger propuso terminar con esto. Su argumento: “Si un país está en el pozo, y sus principales acreedores quieren ayudarlo a salir, es inadmisible que los otros, por un interés egoísta, entorpezcan la solución”. Ella quería que los acreedores minoritarios tuvieran que aceptar, sí o sí, lo que decidieran los acreedores mayoritarios.

Países como la Argentina se habrían beneficiado de tal sistema; sin embargo, hubo aquí un fuerte rechazo.

Es que Krueger era entonces Subdirectora Ejecutiva del Fondo Monetario Internacional, y eso la exponía a demasiados prejuicios.

No faltaron quienes dijeron que su propósito era “quebrar” a la Argentina y dejar que el Fondo “manejara” esa “quiebra” para que las multinacionales se quedaran “con todo”.

El presidente Néstor Kirchner sostuvo que Krueger lanzaba esa idea sabiendo que Estados Unidos iba a rechazarla -como de hecho ocurrió-para aparecer defendiendo a los países deudores y “justificar” el daño que le había hecho al país: la acusaba de ser la “responsable directa de haber instrumentado las políticas del Fondo” que llevaron a la Argentina a la crisis de 2001. “Hay que decirle que venga a ver cómo nos dejó”, sugirió el Presidente.

Hoy día, Krueger apoya a la Argentina en el juicio que los “buitres” le han hecho en Nueva York. ¿Por qué se ha dado este juicio? ¿Por qué, más de una vez, la justicia norteamericana les ha dado la razón? ¿Por qué los autorizó a inspeccionar los depósitos de la Argentina en bancos de Estados Unidos? ¿Por qué nos retuvieron la fragata Libertad?

En 2005, Kirchner llamó a los acreedores y les dijo: “Yo no tengo plata para pagarles todo. Les propongo esto: les pago 35 por ciento y ustedes me dan recibo por 100, como si hubiesen cobrado todo. El que quiera, bien. El que no, que vaya a la justicia y que Dios lo ayude. Van a tener que pasar muchos años para que cobre, si es que cobra”. La historia es muchísimo más compleja, pero esta es la esencia.

Kirchner negoció con firmeza y tuvo un éxito notable.

Más de 76 por ciento de los acreedores dijeron “más vale pájaro en mano” y aceptaron la oferta. El país se ahorró así 27.300 millones de dólares. Pero los famosos “buitres” (o holdouts , llamados así porque en inglés to hold out significa resistir) no aceptaron y dijeron: “Vamos a la justicia y esperamos lo que haya que esperar, pero vamos a cobrar todo”.

Y fueron a la justicia.

No a la argentina sino a la de Nueva York, porque en los propios bonos la Argentina había concedido que, en caso de conflicto, los que tenían que decidir eran los jueces norteamericanos.

Kirchner hizo como que eso no lo asustaba, y estuvo bien. Como en algún momento íbamos a tener que negociar, convenía hacerlo desde posiciones de fuerza. Pero a partir de eso se hizo todo mal.

Se los insultó a los holdouts todo el tiempo y en todos los foros internacionales. Se les dijo a los jueces norteamericanos, en la cara: “Ustedes decidan lo que se les dé la gana, total nosotros no les vamos a pagar a esos buitres”. Se buscó el apoyo del gobierno de Estados Unidos, pensando que allá la división de poderes es tan débil como la nuestra y Barack Obama podía “apretar” a los jueces. Todo mal.

De haber existido un sistema que obligara a la minoría de acreedores a aceptar lo acordado por la mayoría, nos habríamos librado de esos holdouts. Pero el sistema no existe. El Gobierno dice que no importa, porque los bonos tienen una cláusula, llamada RUFO, cuyo efecto sería el mismo que el de ese sistema. La cláusula dice que la Argentina no puede ofrecer “voluntariamente”, a los que no aceptaron el canje, más de lo que les pagó o está pagando a los que sí lo aceptaron.

El problema es que esa cláusula se puede interpretar de varias maneras.

El juez norteamericano Thomas P. Griesa ha decidido que la Argentina debe pagarles a los que no aceptaron el canje. El Gobierno dice que eso violaría la cláusula RUFO. Del otro lado dicen que cumplir una sentencia no es ofrecer algo “voluntariamente”.

Es aquí donde aparece un argumento de Krueger, que no es sólo de ella pero que refuerza la posición argentina. Les ha dicho a los jueces: “Los holdouts podrán tener derecho pero, si ustedes les dan la razón, van a ser responsables de una catástrofe financiera mundial”.

Exagera, pero hay algo cierto: si los “buitres” le ganan a la Argentina, vendrá una lluvia de demandas similares a otros países que hicieron negociaciones parecidas.

Es poco probable que los jueces norteamericanos se hagan cargo de ese problema. Lo máximo que pueden hacer es lo que hizo Griesa: llamar a la Argentina y a los “buitres” a negociar en su despacho.

No se puede seguir cometiendo errores. Hay que negociar, con una posición dura pero ya no con la idea de no pagar. Con la idea de obtener las máximas ventajas posibles.

Y habrá que sacar una lección de lo que pasó con Krueger. Ante cualquier propuesta se debe analizar “qué” se propone y qué efectos tendría. No “quién” lo propone y “por qué” lo propone. Sobre todo si se lo hace con prejuicios y suspicacia. Estados Unidos rechazó la idea de someter a los acreedores minoritarios, lo cual indica que esa idea favorecía a los deudores, no a los acreedores. Esa idea nos habría evitado todo el problema que hoy tenemos.

 

Por Rodolfo Terragno

FUENTE: Clarín

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