Opinión Por Alejandro Katz Viernes, 4 de Abril de 2014

Por Alejandro Katz

La política debe hablar claro

El ensayista Katz hace un inteligente analisis sobre las caracteristicas de una coalicion posible en la Argentina: "Una alianza entre la centroizquierda y la centroderecha sería un triunfo del populismo, más allá del resultado electoral: el fundamento del voto no puede reducirse al rechazo de lo existente".

Ensayista,Editor y Profesor de la UBA.

Veinte años atrás, en febrero de 1994, Norberto Bobbio fechaba en Turín el Prefacio de un pequeño libro que, traducido a numerosas lenguas, tendría un inmenso éxito de público: Derecha e izquierda. Razones y significados de una distinción política.

 "Nunca se ha escrito tanto como hoy -señalaba Bobbio en la primera línea de ese texto- contra la tradicional distinción entre derecha e izquierda, a la que se considera una distinción pasada de moda y que ya no tendría ningún sentido." Se trata de un libro de lectura útil en momentos en que, en nuestro país, se discuten una vez más las posibles coaliciones con vistas a las elecciones presidenciales del próximo año, para las cuales, según sugieren algunos, convendría que la oposición no peronista presentara un candidato común que tendría, de este modo, posibilidades ciertas de imponerse o, cuando menos, de obtener suficientes votos como para participar de una segunda vuelta.

Quienes argumentan en favor de una coalición amplia no sólo postulan la necesidad de realizarla por conveniencia electoral. Al desconocer o desdeñar las diferencias entre una centroizquierda expresada en la alianza de radicales y socialistas y una centroderecha reunida en Pro, sostienen que las ideologías ya no explican la realidad del mundo actual y que mucho menos resultarán útiles para enfrentar los problemas que tendrá por delante quien se haga cargo del gobierno en 2015.

Más banalmente, resumen estas razones al afirmar que, tal como estaría demostrado por los estudios de opinión pública, semejantes distinciones no le importarían a "la gente", dado que "la gente" sólo pretende de la política que "le solucione los problemas".

Es cierto que el debilitamiento de las identidades partidarias es un fenómeno común a casi todas las democracias contemporáneas. Pero si bien las diferencias entre las plataformas de unos y otros partidos se han ido reduciendo, la política todavía se organiza mayormente en torno a esas antiguas tradiciones. Así es en Francia y en España, en Gran Bretaña y en Alemania y, también, en Chile y Uruguay.

Que ello ocurra no es trivial. Al sintetizar complejas corrientes de pensamiento y distintas jerarquías de valores, esos conceptos permiten, por una parte, crear un sistema de expectativas en torno a los partidos y, por otra, medir el nivel de cumplimiento de esas expectativas cuando un partido asume las funciones del gobierno. Son, a un tiempo, un sistema de construcción de sentidos, un compromiso de acción pública y un patrón con el cual medir la forma en que se ejerce el poder.

Mucho se ha insistido en que la fragilidad del sistema de partidos es una de las causas de las dificultades argentinas. Pueden ensayarse numerosas hipótesis acerca de las razones de esa fragilidad, pero entre ellas ocupa un sitio destacado la centralidad que en nuestra vida pública ha tenido y tiene el populismo, esa forma de la política que parece difícil de precisar pero cuya existencia es fácil reconocer.

Transfiguración moderna de "un imaginario esencialmente religioso" -como escribe Loris Zanatta-, el populismo es una especie de religión secular "con su «verbo» y su «profeta», sus cultos y sus liturgias", que actúa en nombre del pueblo de acuerdo con un principio de unanimidad confesional fundado en una lógica maniquea que "tiende a reducir los conflictos a guerras religiosas, a enfrentamientos entre verdades absolutas".

El populismo no argumenta, predica la palabra de su líder: sermonea, adoctrina, pronuncia panegíricos, exhorta. Quiere evangelizar, no persuadir. Se ilusiona con una sociedad homogénea. Quien comparte su fe es integrado en esa mayoría que, como en todo monismo, constituye un conjunto que precede y trasciende a las partes que lo integran. Quien no es un heresiarca.

Es un error suponer que los ideales de todas las personas son compatibles. El populismo, angustiado por la diversidad del mundo y por la pluralidad de los valores y de los intereses, sucumbe ante este error. Desconoce que los conflictos son el resultado de esa pluralidad y que, por tanto, estarán siempre presentes en nuestras sociedades. Por ello, no se trata fundamentalmente de una ideología; es, más bien, una concepción de la sociedad que se expresa en un régimen discursivo: el de una palabra revelada, cuyo sentido sólo conoce el líder que la transmite a un pueblo que no tiene nada para decir. Púlpito, balcón, cadena nacional, cuenta de Twitter: la palabra va, siempre, de uno hacia muchos, del que sabe a los que no saben, del que tiene el derecho de decir a los que sólo tienen la obligación de escuchar.

Salir del régimen del discurso populista exige, por tanto, que la política comience a decir algo, que los partidos reconozcan la pluralidad de valores, fines, intereses y prioridades presentes en la sociedad, y acepten que no pueden buscar el favor ni el acuerdo de todos en todos los asuntos públicos: que el otro es quien piensa distinto, al que es necesario persuadir o con el que es preciso negociar. Que se acepte que la política no es el modo de expulsar el conflicto de la vida pública -desterrando a quien no está de acuerdo-, sino el modo de organizarlo por medio de la deliberación: de permitir que vivan juntos quienes son diferentes. Por eso, los políticos deben hablar claro: no sólo para buscar el favor de quienes se sienten favorablemente interpelados por ellos, sino para que los demás puedan decir: "No estoy de acuerdo". La diferencia hace existir al otro, pero también hace existir a uno mismo.

Las elecciones del próximo año podrían dar inicio a una época republicana y deliberativa, en la cual la palabra pública no esté cínicamente subordinada a eso que algunos denominan "las necesidades de la gente", sino a designar ideas precisas acerca del tipo de sociedad que es deseable tener y de cómo es posible construirla. Ideas que pueden ser en ocasiones impopulares, en ocasiones equivocadas, otras veces fallidas. Pero que permitan a los ciudadanos tomar decisiones en calidad de tales y no de simples consumidores de productos electorales demagógicos y oportunistas.

Es cierto: las identidades rígidas e inflexibles, dogmáticas, incapaces de adaptarse al tiempo presente y a los tiempos por venir son negativas y, en ocasiones, también peligrosas. Pero la ausencia absoluta de identidad, el discurso hecho de lugares comunes que giran en torno al vacío de las ideas son la muerte de la política y, por tanto, la degradación de la vida pública.

Los partidos deben decir las cosas, llamarlas por su nombre, hablar claro. Reivindicar las tradiciones de la izquierda o las de la derecha, las progresistas o las conservadoras. Expresar unos u otros intereses o valores es imprescindible para construir una política democrática y pluralista. Los demagogos y quienes los acompañan dirán que las ideologías han muerto: se trata de un argumento profundamente ideológico, cualquiera que sea la extensión que se le quiera dar a este concepto.

La distinción entre izquierda y derecha no es una distinción puramente -ni principalmente- ideológica; condenarla como simple expresión de un pensamiento políticamente arcaico es una simplificación indebida: izquierda y derecha son categorías en las que se sintetizan, con palabras de Bobbio, "programas contrapuestos respecto de numerosos problemas cuya solución pertenece habitualmente a la acción política, contrastes no sólo de ideas, sino también de intereses y evaluaciones sobre la dirección a dar a la sociedad, contrastes que existen en toda sociedad, y que no se ve cómo podrían desaparecer".

Una alianza electoral entre la centroizquierda y la centroderecha, que muchos propician, sería un triunfo del populismo, independientemente del resultado de las elecciones. Votar debe fundamentarse en algo más que en el rechazo de lo existente o en la identificación carismática con un candidato. La política está obligada a dar argumentos, y los ciudadanos deben poder utilizar estos argumentos para decidir sus opciones. Ello no impide que se busquen acuerdos de gobernabilidad para el día después, como hizo el Pacto por México, firmado entre los tres partidos mayoritarios de ese país, como han hecho los democristianos y los socialdemócratas alemanes al conformar la Gran Coalición, o de cualquier otra forma. Pero antes -ahora- la política debe organizar la conversación pública: sólo una reivindicación de la palabra política restituirá el sentido a la acción colectiva; sólo la claridad en la expresión de ideas -de intereses, de valores, de prioridades- mejorará la calidad de la vida política argentina.

Por Alejandro Katz

Fuente: La Nacion

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