Opinión · Sabado, 29 de Marzo de 2014

Adolfo Suárez y la nostalgia del consenso

En la canción "Con la frente marchita", cuya letra está cargada de amor a Buenos Aires, dice Joaquín Sabina: "No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca, jamás, sucedió". La mención del cantante español la hace el analista político mexicano Sabino Bastidas Colinas, en una nota publicada en El País de Madrid, con motivo de la muerte de Adolfo Suárez . Es interesante detenerse en lo que escribe, por la lucidez de los argumentos y por las afinidades con muchos argentinos que sienten nostalgia por una democracia mejor.Relata Bastidas, evocando sentimientos similares a los nuestros: "Los mexicanos siempre soñamos, y diría que hasta envidiamos tener algo así como un «Pacto de la Moncloa a la Mexicana». Desde los años ochenta [...] cada vez que las fuerzas políticas de México se sentaban o intentaban sentarse a pactar, se hablaba, se recordaba y se comparaba de un modo u otro con la experiencia española de los acuerdos de la Moncloa". Recuerda cómo el rey Juan Carlos, Felipe González, Ramón Carrillo y Suárez se convirtieron en "los referentes más socorridos" en las conversaciones y los alegatos de políticos, intelectuales y periodistas.

En la evolución de nuestra democracia, los Pactos de la Moncloa también se mencionaron machaconamente hasta convertirse en un lugar común utópico, para terminar extraviándose en las vaguedades de la retórica. No sólo en la Argentina, sino también en España, a medida que la política se volvía más confrontativa y opaca, la transición fue perdiendo relieve y capacidad rectora. La crisis económica terminó por asestarle un golpe poco menos que mortal. Para muchos españoles, sobre todo jóvenes, la sociedad que legó la democracia es injusta y los condena al paro y la desesperación.

Como los héroes de la mitología, la muerte de ciertos dirigentes políticos tiene, no obstante, la capacidad de retrotraernos a sus ideales y dilemas, a su visión innovadora, a sus batallas, a las circunstancias y escenas, siempre difíciles, que enmarcaron sus trayectorias. Entonces, la desazón por el presente se suspende momentáneamente y volvemos con devoción a la historia de sus vidas, los idealizamos y, como enamorados que fueron desengañados o llegaron a destiempo, proyectamos sobre ellos el anhelo de lo que pudo haber sido y no fue. De eso trata Sabina.

Guardando la escala, políticos como Nelson Mandela, Václav Havel, Adolfo Suárez y, entre nosotros, Raúl Alfonsín generan esas emociones. Su actuación es diversa y nunca exenta de errores, pero acaso pueda unificárselos bajo una virtud y una circunstancia: ser tolerantes en momentos de cambio. Ser políticos del diálogo, no del encono; de la reconciliación, nunca del enfrentamiento. Constituirse, como dice Bastidas de Suárez, en "hombres puente", justo cuando una nación afronta el vacío del salto, el instante en que lo que fue no puede seguir siendo y lo que viene aún no termina de crearse.

La muerte de Adolfo Suárez encuentra a la política española hecha jirones, en un estado no muy distinto del nuestro. La confrontación prevalece sobre el diálogo, las tensiones políticas y regionales se acentúan, el rey y la clase dirigente pierden legitimidad, cunde la desilusión, la sociedad manifiesta su protesta por la crisis. En un reportaje de hace un par de días una joven locutora de televisión le comenta a Felipe González -con perplejidad argentina- su sorpresa por ver juntos a los tres últimos presidentes del gobierno en las exequias de Suárez. Felipe elude la apostilla y prefiere recordar sus encuentros con el muerto, cuando éste tenía 44 años y él apenas, 34, y debían ponerse de acuerdo sobre el destino de España. Evoca una amistad política, no distinta de la que ambos desarrollaron con Ramón Carillo, una suerte de Pepe Mujica de aquellos años, que prefirió la legalidad y el convenio antes que insistir en la violencia.

Más allá de la historia, tal vez la cuestión consista en saber si la nostalgia por el consenso puede ser para los argentinos algo más que un tango político. Si el acuerdo sobre cuestiones de Estado -que eso fue la Moncloa- tiene alguna chance y por qué razones podría concretarse. Nada hace pensar que avancemos hacia esa meta. Los precandidatos presidenciales no la mencionan, la Presidenta y los suyos tampoco, la oposición está absorbida por sus tortuosas coaliciones. Con alguna excepción, los medios masivos le hacen el juego al poder, cristalizando sus audiencias en torno a una banal polaridad. Lanata vs. Víctor Hugo paga más que el análisis equilibrado de los hechos. A muchos parece cerrarles mejor la discordia que el acuerdo.

Sin embargo, no hay que desechar el ejemplo de los héroes democráticos. Aquellos que con pragmatismo y sin rencor, como Adolfo Suárez, fueron gestores de transformaciones decisivas, en medio de la crisis. Quién sabe si algún dirigente, de aquí a 2015, no toma sus banderas, que permanecen disponibles. Si alguien, sin especulación ni demagogia, es capaz de convertir la nostalgia en esperanza. Después de todo, salimos de un largo régimen, una forma de hacer política agoniza. Quizá no sea tarde si tenemos conciencia de nuestras desgracias y aún nos enamora la democracia.

 

Por Eduardo Fidanza

 

Publicado en La Nación

 

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