Opinión Por Mario Brodersohn Lunes, 17 de Febrero de 2014

El gran desafío político que nos espera en 2015

Lunes, 17 de Febrero de 2014

En un trabajo reciente sobre el peronismo llegué a la conclusión, luego de pasar revista a las distintas etapas en las que ejerció el poder, que es falso el mito histórico de que sabe gobernar. Ello ha sido así desde el primer peronismo de 1946 hasta el fracaso del peronismo kirchnerista.

Ese trabajo condujo a una discusión sobre si sigue siendo válida en la actualidad tal caracterización del papel de los peronistas y los no peronistas. Para algunos, ambas categorías políticas no tienen hoy la misma vigencia que llegaron a tener en las décadas del 70 y el 80. La visión de que el peronismo/no peronismo es parte del pasado se ve respaldada por recientes resultados electorales. Carlos Menem en 1995 y Cristina Kirchner en el 2011 fueron reelectos con votos de los no peronistas. Más aún, Cristina Kirchner, con el 54% de los votos, triplicó los votos de su más cercano opositor no peronista. Sin embargo, para otros observadores este debate sigue vigente, sólo que en lugar de plantearlo en términos de peronismo/no peronismo debería plantearse, señalan, en términos de populismo autoritario versus partidos políticos. Es lo que hacen los socialdemócratas, comprometidos a gobernar respetando los valores de la república, la democracia y, por qué no decirlo, la honestidad.

En los últimos años se han acumulado distorsiones en los precios relativos, de tal magnitud que no hay forma de corregirlos sin pagar un elevado costo político y económico. ¿A quién hacemos responsable de esos desequilibrios: al peronismo o al populismo? Sea a uno o a otro, lo que alarma son las conflictivas opciones de política económica que tiene en 2014 el gobierno kirchnerista para enfrentar tantas distorsiones acumuladas.

Intranquilo por la caída de las reservas internacionales y el nulo acceso al financiamiento internacional, el Gobierno no tiene otra alternativa que seguir devaluando. Intranquilo por la expansión monetaria que demanda financiar el déficit fiscal, no tiene otra alternativa que aumentar las tarifas para disminuir el gasto público en subsidios. Inquieto por el impacto de la inflación sobre las jubilaciones mínimas, no tiene otra alternativa que disminuir el déficit fiscal ajustando la movilidad previsional por debajo de la inflación. Inquieto por la inflación y el fracaso de los controles de precios, no tiene otra alternativa que tratar de que se frene la puja distributiva, poniendo un techo en las paritarias.

Dada la magnitud de los desafíos que tiene que enfrentar el Gobierno, su primera reacción ha sido ir hacia la corrección de esos desequilibrios en forma gradual y secuencial, esto es, comenzar con la devaluación, seguir con las tarifas, insistir con los controles de precios, promover acuerdos salariales satisfactorios y dejar como variable residual de ajuste, como consecuencia de todo eso, la contracción económica y el desempleo laboral. La experiencia histórica nos enseña que el gradualismo es muy difícil de sostener en el tiempo por su creciente conflictividad social. A medida que aumenta la debilidad del Gobierno, el mercado toma la iniciativa y va creando las condiciones para provocar un "shock de ajuste" en las variables más sensibles políticamente.

Esta película los argentinos la han visto en reiteradas oportunidades. Saben, por lo tanto, que no siempre tienen el mismo final. Para algunos tendrá el final de la hiperinflación de 1989/90, y para otros, el de la convertibilidad, en 2002. El final conjetural que más se acerca a la realidad actual es el rodrigazo de 1975, que reemplazó el gradualismo post-Gelbard.

He ahí el escenario hipotético de crisis kirchnerista y tensiones políticas que se anticipa como probabilidad para los próximos meses. Si bien pocos son lo que se atreven a poner las manos sobre el fuego, entendemos que la intención del Gobierno y la de todos los partidos políticos será llegar a las elecciones de 2015 aunque sea con muletas, como dijo el líder radical Ricardo Balbín, en una celebre declaración, hacia finales del gobierno de Isabel Perón.

En las elecciones presidenciales de 2015 el peronismo probablemente se divida en dos o más alternativas, como ocurrió en 2003. Alguna de ellas intentará presentar una nueva fachada, como la de Sergio Massa, con la intención de que se disimule que figuras relevantes en su elencos formaron parte tanto del kirchnerismo como del menemismo. Los no peronistas, por el contrario, cuentan a su favor con el hartazgo que está provocando la gestión sin intervalos de Néstor y Cristina Kirchner y con la demostración, a ojos de todos, de que los mismos que provocaron la crisis tienen que asumir ahora la responsabilidad de enfrentarla. Ésa es la gran novedad dentro de la política argentina de los últimos setenta años: el peronismo, por primera vez en su larga trayectoria, comienza a asumir la responsabilidad de cargar sobre sus hombros una crisis generada por el mismo peronismo.

Con una serie de acontecimientos de esa índole, se abre la posibilidad de la alternancia política, tal como ocurrió en la Argentina en 1989 y como ha ocurrido en Chile y Uruguay. Además, hay indicios de una oposición más pragmática, como lo demostró UNEN cuando se presentó en octubre como alternativa de gobierno en las elecciones en la ciudad de Buenos Aires. Si el no peronismo actúa como UNEN, puede llegar a ser una opción de gobierno en el inevitable ballottage de 2015.

El mayor desafío que enfrentará el próximo gobierno, dada la herencia que nos dejan los K, no será alcanzar un consenso en el área económica. Deberá evaluar, en efecto, por qué, luego de más de 30 años de democracia, no ha sido posible lograr consenso político sobre temas tan cruciales como, entre otros, la modernización de la Justicia, la ley de coparticipación impositiva con las provincias, la reforma impositiva, la ley para explotar el petróleo y el gas, el narcotráfico y el sistema de seguridad nacional.

La suma de fracasos gubernamentales en estos 30 años de democracia abarca todo el arco político argentino: peronistas, populistas, liberales, social demócratas. Nos señala que ha llegado la hora de que en democracia se pueda alcanzar consensos para elaborar y acordar un conjunto de políticas de Estado sobre los asuntos más sensibles para el país. Éste es el más importante cambio político que deberá llevar adelante el próximo gobierno.

 

Por Mario Brodersohn Contador Público Nacional (UBA). Master of Arts y Ph. D. in Economics de la Universidad de Harvard. Fue Secretario de Hacienda del Ministerio de Economía, en la reinstauración democrática junto al presidente Alfonsín.

Publicado en La Nación

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