Opinión · Martes, 28 de Enero de 2014

Se necesita una política de Estado para Malvinas

El diputado nacional hace un análisis de las políticas aplicadas por el justicialismo para la recuperación del archipiélago y remarca la necesidad de "un diálogo profundo sobre esta temática con todas las fuerzas políticas".

Me pregunto si la reciente creación de una Secretaría de Estado dedicada exclusivamente a la cuestión Malvinas no importa, de hecho, un reconocimiento del fracaso de la política exterior del actual gobierno justicialista para avanzar en la recuperación de las islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur.

La nueva secretaría tiene el propósito de coordinar los esfuerzos para la recuperación de las islas Malvinas, es decir, que luego de diez años en el ejercicio del poder, el Gobierno ha percibido la necesidad de realizar un cambio en el organigrama de la Cancillería para suplir las falencias constatadas.

No es mi intención reflexionar sobre este cambio en el organigrama, sino señalar que las superficialidades e inconsistencias de los últimos gobiernos justicialistas (los de Menem y los de los Kirchner) han facilitado la consolidación de la presencia británica en el Atlántico Sur.

En los años 90, el ex presidente Menem, cuando se implementaba aquella política exterior conocida con el nombre de "relaciones carnales", intentó agradar al gobierno de Londres y a los isleños para acercarlos a la mesa negociadora (todos recordarán, por ejemplo, el envío de ositos de peluche a los habitantes de las islas).

Ante el evidente fracaso de la política del "encanto" de las administraciones justicialistas de los 90, las que comienzan en 2003 buscaron cambiar el rumbo y diferenciarse.

Lamentablemente, ese cambio devino de forma paulatina en decisiones de política exterior que parecían definidas más en función del impacto que podrían tener en la política interna que en su efectividad externa. Así se ha facilitado el accionar británico.

Veamos: durante los últimos 10 años, el gobierno británico ha continuado expoliando los recursos pesqueros de la región; ha avanzado en la exploración de hidrocarburos en la plataforma continental argentina; ha consolidado su despliegue militar; ha impulsado el desarrollo económico de los isleños, que han prosperado y crecido en número, y hasta han impulsado un mal llamado referéndum. Es decir, durante los últimos diez años, Londres ha ejercido y exhibido de manera presuntuosa, insolente y arrogante toda su capacidad colonial.

No digo que todas las iniciativas hayan sido en sí mismas disvaliosas. Digo que incluso aquellas mejor inspiradas, al no estar coordinadas entre sí y desconectadas de una verdadera política de Estado, no han logrado revertir ni frenar la consolidación y profundización de la presencia de la potencia colonial sobre cerca de tres millones de kilómetros cuadrados de territorio nacional.

En pocas palabras: la base y fortaleza de nuestra posición en esta materia continúan siendo, todavía, los logros jurídicos y diplomáticos alcanzados con anterioridad a las administraciones justicialistas de Menem, de Néstor y de Cristina Kirchner. Más concretamente, la piedra angular del reconocimiento internacional de nuestro reclamo de soberanía continúan siendo las 10 resoluciones de Naciones Unidas. Se destaca muy especialmente, por su valor político y jurídico, la resolución 2065 (XX), aprobada durante el gobierno de Arturo Illia. De las restantes, cinco de ellas se aprobaron durante la presidencia de Raúl Alfonsín.

En muchas ocasiones hemos reclamado al oficialismo que, con el propósito de fundar una verdadera política de Estado, haga posible un diálogo amplio entre las distintas visiones que existen acerca de la mejor manera de encarar la cuestión de la soberanía de Malvinas. Sin embargo, la gestión del canciller, como en muchos otros temas, ha reiterado un comportamiento cerrado y presuntuoso, colocando al país, una y otra vez, en situaciones que llevaron al fracaso.

La creación de esta nueva estructura, dirigida por Daniel Filmus, abre la esperanza de que se inicie un diálogo profundo sobre esta temática con todas las fuerzas políticas, que se impulse una estrecha colaboración con las otras áreas del Gobierno y que se procure el asesoramiento de los cuadros más calificados del cuerpo diplomático de la Cancillería.

Más allá de las frívolas valentonadas del canciller Timerman de que "el león ruge pero ya no asusta" o de que irá, próximamente, a brindar con champagne en las islas Malvinas, la recuperación de la integridad territorial requerirá una consistente política de Estado que deberá perdurar probablemente por varias administraciones para alcanzar el objetivo de reintegrar las islas Malvinas al territorio nacional.

 

Por Ricardo Alfonsín

FUENTE: La Nación

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