Opinión Por Marcelo Birmajer Sabado, 11 de Enero de 2014

La Tablada y las Pascuas

A 25 años del ataque al cuartel de La Tablada, Marcelo Birmajer hace un análisis del libro “La Tablada, a vencer o morir. La última batalla de la guerrilla argentina”, de Felipe Celesia y Pablo Waisberg.

El 23 de enero de 1989, hace ahora un cuarto de siglo, 46 militantes del Movimiento Todos por la Patria asaltaron el cuartel de La Tablada, alrededor de las seis de la mañana. Desde el retorno de la democracia en el 83, era la primera vez que un grupo guerrillero de izquierda, autodenominado nacional y popular, atacaba una dependencia militar. En lo inmediato, la acción guerrillera se planteó como una respuesta a las asonadas militares de Rico (1987,1988), y Seineldín (1988). Pero la finalidad política de largo plazo aún es borrosa. En un reciente libro, “La Tablada, a vencer o morir. La última batalla de la guerrilla argentina”, de Felipe Celesia y Pablo Waisberg, encontramos exposiciones de Gorriarán Merlo y otros líderes del MTP dirigidas a la militancia: marcharían con tanques arrebatados a los militares hasta la Casa Rosada, seguidos de una marejada humana empática, y le impondrían “cambios profundos” al presidente Raúl Alfonsín.

Según Gorriarán Merlo, en ese enero de 1989, básicamente debido a las tres asonadas militares previas, el poder político estaba “flotante” y era fácil de conquistar. Bastaba un grupo de hombres decididos para vencer a los militares de todo el territorio, aseveraba Gorriarán: no estaban preparados ni física ni moralmente para combatir al tenaz MTP.

Nunca se supo qué entendía Gorriarán por “tomar el poder” el 23 de enero de 1989. ¿Reemplazar a Alfonsín? ¿Por quién? ¿Cogobernar con Alfonsín? ¿Cómo? Estamos especulando sobre las fantasías no declaradas de Gorriarán Merlo y el MTP. Ni siquiera especificaban cuáles serían esos cambios de fondo ni de qué modo práctico los impondrían.

En rigor, no sólo no hubo marejada humana que se solidarizara con los atacantes, sino que al menos media docena de civiles anónimos colaboró con las fuerzas represivas. El saldo fatal varía entre 39 o más muertos, y tres o más desaparecidos. Murieron al menos una decena de militares, entre ellos conscriptos; y dos oficiales de policía. El resto de los muertos pertenecía al bando atacante. La mayoría o la totalidad de los sobrevivientes del MTP apresados fueron torturados. Ni el salvajismo militar, una continuidad previsible de la dictadura del 76/83, ni las asonadas militares previas, le restan insensatez a esta acción brutal y homicida de los remanentes del ERP y sus nuevos y jóvenes simpatizantes, que enlutaron el país por aquellos días.

No era la primera vez que Gorriarán participaba de una acción demoledora contra la democracia: en 1973, recién electo Héctor Cámpora, el ERP le declaró la guerra al Ejército argentino, pero no al Presidente; en una provocación alocada idéntica a los argumentos con los que luego defenderían el estropicio de La Tablada: nosotros no combatimos contra Alfonsín, sino contra el Ejército. Como si un presidente electo en ejercicio, el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, pudiera ser prescindente de una guerra lateral entre una organización guerrillera y el Ejército nacional. Si le sumamos a este dato de insanía lógica, el hecho puntual de que el MTP fingió un levantamiento militar, con cotillón de volantes mecanografiados, para justificar el ataque a La Tablada, se arma un cuadro donde el infantilismo y la puerilidad resultan mortales.

En un reportaje concedido a Miguel Bonasso, publicado en Página 12 el 24 de enero de 1999, Gorriarán Merlo afirma: “El punto de inflexión es aquel regreso de Alfonsín a Plaza de Mayo con el discurso de “Felices Pascuas”, al que seguirá la Ley de Obediencia Debida y otras concesiones que mostraron al gobierno democrático impotente frente a los levantamientos militares”.

Frente a esta impotencia presidencial, elabora Gorriarán, se imponía la potencia del MTP.

Lo cierto es que la frase Felices Pascuas –junto con “La casa está en orden”–, que Gorriarán consideraba el punto de inflexión entre el renacimiento democrático y su decadencia, fue tomada también por una extensa variedad de detractores de Alfonsín. Los más paradójicos fueron los peronistas que, aún habiendo votado a Luder con su propuesta de autoamnistía para los militares en el 83, luego de perseguir a Alfonsín con el “Felices Pascuas” por el resto de su mandato, votaron a Menem, que indultó a Videla, Massera y Agosti, y lo presentó como canje para indultar también a los jefes montoneros, que aceptaron el trueque. Pero también la izquierda marxista, parte de la socialdemocracia y radicales que se consideraban desencantados, apostrofaron a Alfonsín con aquellas dos frases en términos despectivos.

Con la perspectiva que nos da el tiempo, y contrastándolo en particular con el desastre de La Tablada, podemos ahora valorar que Alfonsín estaba menos equivocado que sus detractores: logró preservar la democracia, en paz; impidió el derramamiento de sangre, y pasó el mando al siguiente presidente democráticamente electo. El heroísmo de Alfonsín al volar a Campo de Mayo para exigirle la rendición a Rico, deviene en un fértil resultado contemporáneo: su apuesta por la democracia pacífica y popular fue exitosa. Quizás el mayor activo con el que contamos los argentinos en la actualidad. Tenía derecho a decir que la casa estaba en orden, y a desearle a los argentinos felices pascuas.

Un testimonio valioso del libro de Celesia y Waisberg es el del sindicalista Pedro Wasiejko, describiendo una caracterización política del MTP previa al asalto: “Había fuerzas reaccionarias que querían voltear a la democracia, al gobierno de Alfonsín, que esos sectores de la militancia de la derecha católica nacionalista del Ejército estaban ligados a fenómenos más latinoamericanos, como Chávez, Noriega de Panamá, y que atrás de eso estaba la política del Departamento de Estado”.

En una voltereta frecuente de los grupos de la izquierda violenta, el mismo tipo de ideología que sustentó el asalto a La Tablada, encarna hoy en los adoradores del difunto Hugo Chávez, que efectivamente era un símil venezolano de los carapintadas a fines de los 80 (aunque no respaldado por el Departamento de Estado), y hoy es recordado por sus devotos como un militar que transgredió los límites de la democracia “burguesa”, comenzando por su golpe contra Carlos Andrés Pérez en el 92.

La vida humana es caótica. Utilizamos las fechas para configurar ceremonias que nos ordenen, nos recuerden nombres, sentidos e identidades. 25 años es un número significativo para recordarnos que Alfonsín, y la sociedad argentina, fueron capaces por primera vez en su historia de impedir un golpe de Estado al abortar la asonada de Aldo Rico, y que se logró sin violencia; en contraste con el disparate sangriento del asalto a La Tablada.

 

Por Marcelo Birmajer

FUENTE: Clarín

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