Opinión por Carolina Di Próspero Martes, 10 de Setiembre de 2013

El gesto partidario

Después de años de represión en sentido extenso, cuando el retorno de la democracia era un hecho, la práctica política se ejercía hasta con el cuerpo.

A mis 8 años, en mi casa del conurbano bonaerense, como en la mayoría de los hogares de clase media, había una (sólo una) televisión. Viendo a Biondi, Los tres chiflados, los dibujos animados de Tom y Jerry, el noticiero de Ramón Andino, Realidad ´83, eran parte de mi menú televisivo cotidiano.

Ese año, de repente, los políticos entraron en escena, y se convirtieron en los protagonistas de los programas tanto periodísticos como de variedades e incluso en los humorísticos.

En la escuela nos explicaban que la democracia se estaba acercando, como si fuera una entidad con vida propia, y que nuestros padres tenían que votar para elegir un presidente que iba a gobernarnos a todos los argentinos. Parecía todo un acontecimiento. 

Mi recuerdo más vívido es el de la contienda partidaria gestual de auto a auto. Paso a explicar: recuerdo que por aquellos días, una parte importante de la identificación con un partido político pasaba por la gestualidad. Los peronistas ponían sus dedos en "V", los radicales uníamos las palmas en alto mientras que los de la Ucede imitaban el tic nervioso de Álvaro Alsogaray que lo hacía abrir y cerrar permanentemente los ojos (bueno, creo que ese era un chiste generalizado).

Las campañas publicitarias lograron que los gestos característicos de los candidatos presidenciales pasaran a ser masivamente conocidos, utilizados por sus seguidores y burlados por los contrincantes. Comenzó a hacerse común saludarse entre dos personas del mismo partido con el gesto pertinente. Los contextos eran los más variados: reuniones familiares, al cruzarse en la calle, hasta en la cola de la verdulería, la complicidad gestual podía hacerse presente.

En particular, me divertía mucho ir en el asiento de atrás del auto de mi papá, mirando a los ojos a la gente de los otros coches, lista para comenzar la contienda. En el momento del contacto visual, yo "radicheta" orgullosamente asumida, mostraba mis manos abrazadas en alto y una gran sonrisa que era recibida con un automático empalme de manos, por parte de los correligionarios, o con una mirada de desaprobación seguida de la "V", en manos peronistas. En uno u otro caso, la respuesta era inmediata, o, a lo sumo esperaría hasta llegar al siguiente semáforo, en el caso de los conductores. No fallaba, todos teníamos el reflejo incorporado, el gesto que nos comunicaba sin hablar e intergeneracionalmente. Los adultos, personas serias por lo general, sumidas en sus preocupaciones, se prestaban al juego del voto gestualizado.

Disfruté de esos meses previos a las elecciones como si se tratara de una fiesta cotidiana, más tarde entendería que realmente había sido un gran momento de cambio radical, en el cual expresar el festejo de todas las formas posibles, incluso con el cuerpo, tenía un sentido casi liberador para todos los argentinos.-

 

Carolina Di Próspero, doctoranda en Antropología Social (UNSAM IDAES), es licenciada en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad de Buenos Aires.-

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