Editoriales · Martes, 31 de Mayo de 2011

El examen que rendirá el Partido Socialista

Dirigentes de la Unión Cívica Radical y del Partido Socialista se reunirán hoy para terminar de definir la consolidación del Frente Progresista que signifique la presentación de una fórmula con reales posibilidades de competir en las elecciones.

Hoy el Partido Socialista rendirá un examen de responsabilidad y sensatez política. Y de valentía también. Quizás se trate de un examen muy similar al que rindieron y aprobaron Lula en Brasil, La Concertación en Chile, la socialdemocracia en Alemania y el Frente Amplio en Uruguay: reunir electorados diferentes conducidos nacionalmente por una coalición progresista.

Mal que le pese a Hermes Binner, la pelota está en la cancha de la fuerza de Palacios, Moreau de Justo y Estévez Boero. A pesar de los documentos que se han hecho públicos en los últimos días, los líderes socialistas se siguen preguntando si están dispuestos a pagar el costo político que implica apartarse del escenario electoral, o dispersarlo, y así garantizar al oficialismo su continuidad en el poder y comprometer la posibilidad de consolidar las experiencias políticas consideradas exitosas como la de Santa Fe. Estas dudas, paradójicamente y en momentos decisivos de construcción política, demuestran que las condiciones para la conformación de un frente progresista con posibilidades de triunfo en el orden nacional están intactas.

Hoy el socialismo puede ser funcional al deseo del cambio y al fin de un ciclo o puede abroquelarse en variantes testimoniales, que fraccionen el flujo electoral opositor y dispersen las energías conduciendo en forma inexorable a un triunfo en primera vuelta del oficialismo. Ricardo Alfonsín ha dicho hace pocas horas: “Efectivamente queremos ganar en octubre, y no pasar por el proceso electoral de un modo meramente testimonial o para ganar un poco más de bancas”.

Al igual que el radicalismo, el GEN y otras fuerzas denominadas progresistas o de centro izquierda, el socialismo considera que el país necesita una alternativa cierta y vigorosa ante los riesgos de que se profundicen los excesos del oficialismo en el poder: el ataque al federalismo y a las autonomías provinciales, a partir de la continuidad de políticas de ahogamiento económico y financiero a los gobiernos locales, por ejemplo. Alfonsín admite que estas fuerzas coinciden en que “lo mejor que le puede pasar al país es un Frente Progresista en el gobierno”, pero advierte que “el triunfo oficialista incrementaría aún más el hegemonismo y con ello afectaría la calidad democrática”. Para construir lo que ha bautizado “un Estado Decente”, su propuesta es: “Nuestra obligación es concluir la construcción de nuestra fuerza progresista con una base sensiblemente anti-hegemónica y capaz de vencer en octubre”.

Pero algunas diferencias internas comenzaron a salir a la luz, fruto de que el radicalismo manifestó una clara vocación de competir y ganar las próximas elecciones a través de la constitución de un frente progresista de base amplia y decididamente opositor.

Desde la UCR, y con insistencia, aclaran que han privilegiado al Partido Socialista, por ser una de las expresiones políticas más afines a sus principios y a  su historia partidaria, y porque han llevado adelante una experiencia de gobierno positiva en Santa Fe, que creen posible replicar a nivel nacional. En la misma experiencia santafesina se encuentra uno de los argumentos que el socialismo parece olvidar a la hora de explicar por qué no hay que realizar una síntesis de electorados diferentes. En Santa Fe el radicalismo y socialismo, con amplitud y con el objetivo de reemplazar al justicialismo en el gobierno de la provincia, se aliaron a tradiciones políticas diferentes. En el 1995 Estévez Boero, Usandizaga y Natale conformaron el embrión de lo que sería el Frente Cívico con la suma de sectores del peronismo, incluso de aquel contra el que más habían combatido, con sectores vinculados a las expresiones religiosas, y crearon el frente que llevó al gobierno a Binner. Radicales y socialistas fueron garantía de la transformación que sería convalidada en las urnas.

Y también el partido de Alem e Yrigoyen ha avanzado en explorar posibles alianzas con otras fuerzas no tan afines como la que lidera Francisco De Narváez en la provincia de Buenos Aires. En este distrito cualquier acuerdo reducido equivale a una amplia derrota nacional. El propósito parece claro: sumar fuerzas que ya han enfrentado con éxito al oficialismo y que pueden confluir ahora en una construcción política a partir de propuestas compartidas localmente.

Todo esto se da en el marco de un agitado panorama nacional que ha obligado a abandonar el escenario a otras fuerzas políticas, y a resignar sus pretensiones al ámbito local, dejando a cargo del radicalismo, como una de las fuerzas opositoras de envergadura, la responsabilidad de enfrentar al oficialismo con posibilidades electorales ciertas.

Parece que hay una decisión tomada, lo cual no quiere decir que la suerte está echada. Hay decisión de competir, y confianza en ganar. Hay vocación frentista con un compromiso permanente al diálogo y a superar las dificultades, aún en situaciones que muchos consideran extremas. Hoy estará a prueba la valentía política y la convicción de querer liderar una síntesis de electorados e identidades diferentes, sin perder la esencia ideológica. Hoy, un importante partido político argentino, demostrará si tiene o no vocación de poder.

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