Opinión Por Rodolfo Terragno Lunes, 13 de Junio de 2016

El síndrome obsesivo-compulsivo que nos paraliza

Lunes, 13 de Junio de 2016

La psiquiatría conoce como “trastorno obsesivo-compulsivo” una perturbación anímica producida por pensamientos recurrentes que causan preocupación, ansiedad o temor. La Organización Mundial de la Salud ubica a este trastorno entre las 20 enfermedades que provocan mayor discapacidad. Los pensamientos que obsesionan y compelen no tienen por qué ser infundados. Pueden originarse en hechos ciertos; lo característico es que acosan al paciente y lo paralizan.  

Eso, que vale para los individuos, vale también para las sociedades. Las obsesiones colectivas hacen girar todo alrededor de un tema, oscureciendo el contexto e impidiendo avanzar. Política y gobierno están entre esos temas. En algunas sociedades se atribuyen todos los problemas, aun los individuales, a políticos y gobernantes.

En Italia un humorista acuñó en 1861 una frase que sigue representando la actitud de los italianos ante los más diversos problemas: “Si piove, governo ladro”. Hasta la lluvia parece ser culpa de los gobernantes. Hay, por supuesto, muchos governi ladri en el mundo. La corrupción es una lacra, pero la inmoralidad de los poderosos tampoco se resuelve rumiando angustia. Lo que se requiere para solucionar problemas sociales es un diagnóstico adecuado, estrategia precisa y continuidad en el esfuerzo necesario.  En la Argentina, los debates económicos están dominados por una obsesión con la coyuntura. Se da vuelta sobre temas como la inflación o el déficit, que en la mayoría de los casos son consecuencia de haber tenido, en el pasado, la misma obsesión por lo coyuntural.  Discutir cada presente, sin fijar objetivos de largo plazo, es como sembrar plantas venenosas. La Argentina no ha tenido, por años, una estrategia de desarrollo económico. Y hoy es tarde para poner en marcha algunas de las estrategias que podrían habernos dado una situación actual incomparablemente mejor. Es tarde porque hoy la industria pesada ya no es factor de desarrollo. Y la industria, en general, no tiene la misma importancia de otros tiempos. Hasta las ventajas competitivas han perdido valor, si es que se piensa en ventajas competitivas de larga duración.

Al fin de cuentas, esas ventajas consisten en producir con igual o mayor calidad que otros países, y a un costo menor, productos que el mercado mundial demanda. Y hoy los productos demandados cambian sin cesar, a la vez que le tecnología modifican constantemente los costos de producción. Ahora se necesita la capacidad de innovación y una flexibilidad económica que permita sustituir una ventaja competitiva por otra, a tiempo para seguir los cambios de la demanda mundial.  Para eso hace falta lo que muchos repiten como eslogan: educación de calidad e innovación. Lo importante es saber qué entendemos por una y otra cosa. No hay educación de calidad sin disciplina, esfuerzo y evaluación. No hay innovación sin un fuerte desarrollo de ciencia básica y tecnología. Y hay que saber cómo se financia todo eso, que no es gratuito ni mucho menos. No hay cómo financiarlo sino con lo que ya tenemos o podemos tener, para lo cual hay que dejar por un tiempo a un lado algunas nociones que pueden ser ciertas, pero no aplicables en cada momento.

La Argentina superó una crisis mayúscula devaluando su moneda, multiplicando la producción agraria con transgénicos y exportando materias primas.

Claro que es mejor exportar valor agregado … siempre que haya compradores.

Claro que es mejor producir orgánicamente … siempre que se haya alcanzado una alta productividad.

Claro que es ideal tener un tipo de cambio competitivo … siempre que no tengamos una moneda sobrevaluada.

A los efectos de financiar el paso a una economía moderna, lo más rápido posible, dependemos de los agrodólares y estamos en condiciones de multiplicarlos.

Eso requiere recuperar productividad y agresividad comercial en rubros que en el pasado fueron ventajas comparativas de la Argentina. Hoy, la Argentina está, en el ránking de exportadores de carne, en el puesto décimo primero. Paraguay exporta casi el doble. La carne mexicana se vende en el mundo tanto como la Argentina.

No sólo se ha retrasado la producción, sino la visión comercial. Seguimos luchando por penetrar más en Europa, cuando Hong Kong importa cinco veces más carne que la Unión Europea.

En el ranking de exportación de trigo estamos sextos. Ucrania exporta dos veces más que la Argentina.

La soja nos ha salvado de una hecatombe, motorizando el mayor alza de productividad de la economía argentina y convirtiendo al país en uno de los líderes mundiales en la exportación de esta leguminosa que –sobre todo por el consumo de China- se ha convertido en uno de los principales productos alimenticios del mundo.

Es cierto que el boom sojero no ha servido para transformar la estructura productiva del país. Pero eso es porque malgastamos esos agrodólares, que debían servir para dar un gran salto en la investigación científica, el desarrollo tecnológico y una estrecha relación de la ciencia, la tecnología y la producción.

Es eso lo que puede aumentar la productividad general de la economía (clave del crecimiento económico), diversificar la producción y crear las condiciones para entrar (entonces sí) en la sociedad del conocimiento, con todos esos ingredientes que hoy son mera retórica.

No son estos los temas que hoy se discuten en el país, acosado por problemas inmediatos que eran evitables.

Sin duda, reducir el déficit y parar la inflación son condiciones sine qua non de cualquier política económica; pero al lado de la preocupación por lo inmediato debe estar la preocupación colectiva por el futuro. La preocupación … y el planeamiento. Hace falta, para eso, abandonar mitos, prejuicios y consignas vacías.

Crear las condiciones para la permanente mutación de ventajas competitivas es el objetivo. Financiarlo con lo que podemos financiar es el medio.

Rodolfo Terragno es escritor y diplomático. Embajador ante la UNESCO.

Fuente: Clarín.com

    Seguí leyendo en Opinión