Cultura Columna Miercoles, 9 de Marzo de 2016

Unidos por la polaridad

Por Ariel Mendez Siemens

Miercoles, 9 de Marzo de 2016

Un amigo de un amigo, catamarqueño y geólogo me contó una vez que la Argentina se caracterizaba por generar que cualquier persona que venía a vivir a éste enigmático país, se volvia en pocos meses: Argentino. Es decir en poco tiempo estaba tomando mate, abrazaba algún club de futbol y se convertía en escasos días en un experto en: economia, sociología y periodismo.

Todo vino a cuento porque éste señor de rasgos semitas (árabe) llegó al país en su juventud y al otro día le decían turco. ¿cómo se les ocurre apodarme turco?, ¿pero esta gente no conoce nada?, su sorpresa fue cuando comprobó que en su propio barrio había otros turcos de origen sefardí por ejemplo. ¿En cuántos países del mundo existe esta capacidad de unificar etnias y religiones?, yo creo que  sólo en éste bendito país.

Alfredo -dentista y tanguero-, me contó una vez que tuvo un paciente japonés que había tenido un alto puesto en la firma Hitachi y lo habían trasladado a Buenos Aires. No puedo imaginarme los pensamientos de aquel nipón viendo el globo terráqueo en Osaka, intentado comprender su destino. Parece ser que los de Hitachi cantaban un himno cada mañana antes de comenzar su yugo. Según Alfredo pasaron 30 escasos días para que el japonés balbuceara puteadas, se había hecho fanatico de San Lorenzo y por supuesto había olvidado el himno a su empresa. ¿Se pueden imaginar los trabajadores argentinos cantando el himno a una empresa?…, Seguramente sus amigos lo llamarían ponja.

Ahora bien, ¿por qué es tan sencillo deshacerse de las raíces viniendo a vivir a acá?, Es como si la Argentina funcionara como el río del Hades (Leteo) que en sus tranquilas aguas las almas de los muertos bebían el olvido de su vida. Porque cuando uno migra a cualquier otro país sucede más bien lo contrario, todo se transforma en una evocación melancólica y uno se vuelve más Argentino que nunca.

Quizá el secreto sea que los tópicos argentos son simples y faciles de adquirir. Además todo viene de a pares como para que a uno se le ponga más sencillo la elección. ¿peronista o no peronista?, ¿bostero o gallina?, ¿del diablo o de la academia?, ¿mate amargo o dulce?, ¿pasta o asado?, ¿fresco y batata o membrillo?, los menu de los aviones han robado este concepto, absolutamente todas las líneas aéreas preguntan: ¿pollo o pasta?. De ahí el éxito de la universalidad de las comidas en los vuelos. Las preguntas binarias podrían extenderse al infinito y cada extranjero se sentirá que es libre porque elige. Así de simple.

Los motes o apodos genéricos son obra de la inclusión, todos los apellidos españoles son “gallegos”, todos los italianos son “tanos”, todos los orientales son “chinos”, y para aquellos que distinguen el tipo de ojos habrá “ponjas”, todo semita o con rasgos similares a un árabe será “turco”, todo judío caucásico será “ruso”, toda persona con un apellido medio extraño y de aspecto fuerte será “vasco”, todo aquel que pese menos de 5o será “flaco/a” y todo aquel que pese más de 80 será “gordo/a”, los que están en el medio y no tienen nada que sobresalga podrían denominarse  “fachita” o si hay excesos físicos entonces serás: “orejón” “bocón”,…, y cualquier hijo de vecino que sea entrañable será “el negro”, y así de forma contundente se unen las distintas tribus que afuera se matan y acá se aman. Es un país fantástico, que integra, que une. Unidos por un exceso, ¡eso identifica!

Por eso los que hablan de la grieta no entienden nada, la grieta es lo mejor que nos pudo haber ocurrido, enfatizar la grieta significa sentirnos libres porque la elección es imperativa. Es como ir al supermercado y tener de todos los productos sólo dos posibilidades, hay que abrazar una marca de café y listo. No hay angustia. A vivir y punto.

 

Por Ariel Mendez Siemens

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