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Opinión | Jueves, 13 de Abril de 2017· Por Fabián Bosoer

Aquellas Felices Pascuas, 30 años después

Para los memoriosos, estos días de Semana Santa quedaron fijados en el recuerdo vivo por un episodio histórico que rompió la tranquilidad, reflexión y descanso a los que invitan estas fechas. Se trata de aquellos días de abril de 1987 en los que se produjo el primer levantamiento militar “carapintada” contra el gobierno de Raúl Alfonsín y los acontecimientos cívico-militares que nos tuvieron en vilo entonces. A treinta años exactos de aquel momento que marcó un punto de inflexión, vale la pena dedicar un rato a recordar lo sucedido, la responsabilidad y valentía cívica de los distintos sectores políticos y sociales, y rescatar la actuación del entonces presidente en la resolución de esa crisis.

Habían transcurrido poco más de tres años desde la recuperación de la democracia. El gobierno presidido por Alfonsín estaba recorriendo la experiencia inédita de juzgar a los ex jefes militares y a los jefes de los movimientos guerrilleros que habían conducido las acciones armadas en la Argentina de la década del ‘70. La Justicia, en un fallo sin precedentes, había juzgado y condenado a los ex comandantes de las Juntas militares responsables del terrorismo de Estado en la última dictadura, y el gobierno tropezaba con dificultades para llevar a la práctica lo que Alfonsín había prometido durante la campaña electoral. El Presidente ya había anunciado la decisión de implementar una ley que luego se concretaría en lo que se denominó la Ley “de Obediencia Debida”, exculpando a quienes habían actuado durante la represión cumpliendo órdenes superiores.

Pero antes de que ese proyecto de ley fuese enviado al Parlamento, un grupo de oficiales encabezados por el entonces teniente coronel Aldo Rico, se amotinaron y refugiaron en la Escuela de Infantería en Campo de Mayo. Si bien los amotinados proclamaban que no intentaba derrocar al gobierno, era evidente que sus planteos -fin de los juicios por violaciones a los derechos humanos, reivindicación de la “lucha anti-subversiva”, retiro de las cúpulas militares- pretendían torcer o sustituir la voluntad presidencial para imponer sus exigencias. Dicho en términos actuales, fue un “piquete” militar, con el detalle de que se alzaron en armas para expresar sus demandas, pintándose la cara con betún y manchando los uniformes de soldados de la Nación, para transformarse en una banda armada. Alfonsín y sus más cercanos colaboradores entendían que si se torcía la voluntad del gobierno por parte de un grupo armado, se caía en el principio del fin de la democracia lograda tres años antes.

Fue a partir de este instante cuando comenzó a escribirse una historia diferente. Desde la década del ‘30 y hasta ese entonces, Argentina había vivido una alternancia entre gobiernos constitucionales y “de facto” y sucesivos planteos militares, o cívico-militares, que presionaban y forzaban decisiones de los gobiernos. Pero en esa Semana Santa del 87 las cosas no iban a ser así: la población se volcó decididamente a las calles en defensa de su derecho de decidir acerca de quienes habrían de regir y de decidir acerca de su propio destino. La oposición acompañó solidaria la actitud del Gobierno. El Presidente convocó desde el Congreso a movilizarse en defensa del estado de Derecho y ordenó a los jefes del Ejército sofocar el levantamiento, cosa que no ocurriría. De allí en más, nadie iba a poder avanzar por sobre los derechos ciudadanos sin encontrarse con una contundente respuesta. Pero ni los sublevados deponían su actitud ni las fuerzas que debían actuar en su represión llegaban. Fueron dos jornadas de febriles tratativas entre la Casa de Gobierno y Campo de Mayo en las que se tejieron toda clase de versiones e intrigas. Alfonsín habló ante una multitud que llenó la Plaza de Mayo el domingo 19 por la tarde y anunció que se trasladaría personalmente a Campo de Mayo para lograr la entrega inmediata de los rebeldes. Volvió a Plaza de Mayo y pronunció la famosa frase “Felices Pascuas, la casa está en orden y no hay sangre en la Argentina!”. No la hubo.

Como lo recuerda Horacio Jaunarena, el ministro de Defensa en ese momento, los llamados “carapintadas” habían nacido derrotados pero, sin embargo, quedó la idea de que había existido una negociación con el Gobierno. Se había comenzado a vivir en la Argentina el final del ciclo de inestabilidad que tuvo a las Fuerzas Armadas como actores protagónicos. Los últimos estertores se sufrieron con los siguientes levantamientos: Monte Caseros, Villa Martelli y el Regimiento Patricios, ya con el gobierno de Menem en diciembre de 1990, cuando fueron aplastados por el general Martín Balza.

El camino recorrido desde entonces estuvo signado por avances y retrocesos, éxitos y fracasos, crisis económicas y sociales, recuperaciones y frustraciones. Pero ya no estaría detrás el fantasma de las intervenciones militares como amenaza o como recurso para imponer condiciones al poder civil. Las Fuerzas Armadas dejaron de ser un factor de poder para subordinarse a los gobiernos constitucionales. Y los juicios por los crímenes cometidos en el pasado dictatorial proseguirían su curso hasta nuestros días. Por cierto que la Casa de los argentinos no está en orden. Pero sabemos que cuando las papas queman y las amenazas son reales y perentorias, y cuando existe una decisión clara de preservar la democracia como espacio de convivencia que nos contiene a todos, frente a quienes pretenden avasallarlo, hay un sentido de la cooperación y compromiso que termina prevaleciendo sobre las tensiones y conflictos que nos ocupan a diario. Es eso, en definitiva, lo que invita a vincular estas fechas como celebración religiosa y como evocación laica de un momento iniciático de nuestra renacida democrática en el que hubo también liberación, vía crucis y resurrección.

 

Por Fabián Bosoer

 

Fuente: La Razón


Claves de esta noticia: UCR | Raúl Alfonsín |

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Aquellas Felices Pascuas, 30 años después