Cerrar

Opinión | Viernes, 31 de Marzo de 2017· Por Luciano Rinaldi

El último prócer

Raúl Alfonsín fue un orador inigualable, un hombre de una honestidad e integridad inquebrantables, y el más valiente de los presidentes argentinos. A ocho años de su muerte, en tiempos de relaciones espurias entre negocios y política, de discursos autoritarios y antidemocráticos, de tanta frivolidad y tanta tilinguería, su ausencia física resulta desoladora.

Raúl Alfonsín fue un orador inigualable. Sus discursos encantaban a quienes lo escucharan. Pero no era la firmeza de su voz y su impronta de líder lo que llenaba el corazón de los argentinos. Era la solvencia de sus convicciones, que transmitía en cada palabra, en cada gesto.

A través de sus discursos, nos regaló las ideas rectoras de la democracia que soñaba para la Argentina. Una democracia sin distinciones entre radicales o peronistas, conservadores o socialistas, que hiciera eje en la convivencia pacífica. Una democracia que no se redujera solamente a votar, sino que implicara una distribución más justa de la riqueza para que todos pudiéramos comer, curarnos y educarnos.

En su último discurso público, no prometió regresos mesiánicos ni apeló a la demagogia. Simplemente nos pidió que hiciéramos un esfuerzo para poder querernos más entre los argentinos. Y, sabiendo lo que significaba su figura para millones de nosotros, nos pidió que no idealizásemos hombres, sino que siguiéramos el valor de las ideas.

Alfonsín fue el más valiente de los presidentes argentinos. Ferviente opositor al régimen militar, no sólo fundó la Asociación Permanente por los Derechos Humanos en plena dictadura, sino que también denunció el pacto sellado para garantizar la impunidad de los jefes militares. En campaña, mientras su rival propiciaba el perdón y el olvido, Alfonsín criticaba sin piedad a la represión atroz e ilegal de la dictadura y prometía someter a la Justicia a quienes hubieran sido responsables de las violaciones de derechos humanos.

Ya presidente, impulsó la creación de la CONADEP y el juicio a las Juntas Militares. Creó el banco de datos genéticos para la identificación de los desaparecidos y de sus hijos apropiados, y sancionó la ley que prohibía la intervención de las fuerzas armadas en materia de seguridad interior.

El juicio a las Juntas le valió a Alfonsín tres alzamientos militares que pusieron en jaque a la democracia recuperada, propiciados por lo más rancio y retrógrado del Ejército: los sediciosos carapintadas al mando de Aldo Rico y Mohamed Alí Seineldín.

Con su valentía sin igual, enfrentó con coraje y determinación los ataques despiadados de todas las corporaciones de intereses. Su gobierno impulsó la democratización de los sindicatos a través de la llamada Ley Mucci, y recibió como contrapartida 13 despiadados paros generales y más de mil huelgas por rama promovidos por la CGT pejotista de Saúl Ubaldini.

Hasta la Iglesia enfrentó a su gobierno por sancionar las leyes de divorcio vincular y de patria potestad compartida, medidas que reivindicaron a las postergadas mujeres argentinas, en un hito de igualdad de género sin precedentes en nuestra historia.

Apenas 15 meses después de asumir la presidencia, defendió en los jardines de la Casa Blanca aquella máxima yrigoyenista de que los hombres son sagrados para los hombres y los pueblos para los pueblos: Alfonsín se le plantó a Reagan criticando el intervencionismo norteamericano, mientras reivindicaba los procesos de recuperación democrática en Latinoamérica para que todos los hombres de esta parte del mundo pudiéramos vivir con dignidad.

Soportó con valentía las maniobras desestabilizadoras que sufrió por parte del establishment. A quienes lo insultaban en la Rural les recordó que no solamente es una actitud fascista no escuchar al orador, sino que también había sido un perverso error aplaudir en ese mismo lugar a quienes, hablando en representación de la dictadura, habían destruido la producción nacional.

Alfonsín fue también el último estadista argentino. Su gobierno se transformó en el faro que iluminó de democracia el cono sur: selló para siempre las disputas limítrofes con Chile y los primeros pasos de la integración regional con los hermanos brasileros y uruguayos.

Promovió el Congreso Pedagógico Nacional, con el objeto de rediscutir la educación y la escuela, y no reducir la cuestión docente simplemente a la disputa por el sueldo. Impulsó el programa de Alfabetización Nacional, que llevó a la Argentina a bajar su tasa de analfabetismo a índices históricos, y el de Alimentación Nacional, para combatir el hambre y la desnutrición infantil.

Alfonsín conformó el Consejo para la Consolidación de la Democracia con varones y mujeres de todas las orientaciones políticas, y convocó a su gobierno a personalidades de todos los partidos. Ya como ex presidente, entendió que era indispensable poner un freno al hiperpresidencialismo, e impulsó la Reforma Constitucional que posibilitó, entre varios otros, logros institucionales que permitieron a la democracia argentina ser un poco más justa y un poco menos autoritaria.

Fue un republicano de fuste. Le propuso a su rival en las elecciones de 1983 presidir la Corte Suprema, algo que Lúder rechazó. Restituyó la democracia en las universidades revitalizando la autonomía y los principios de la reforma del ‘18 y propiciando la actividad política entre los jóvenes y los estudiantes. Gobernó con celoso respeto por la independencia del Poder Judicial y del Congreso de la Nación, a pesar de que nunca contó con mayoría en las cámaras. Defendió el rol del estado como regulador de la economía, e impulsó el Plan Austral para combatir la herencia inflacionaria de la dictadura, objetivo que logró hasta que las desmedidas ambiciones de poder de los sectores concentrados de la economía propiciaron el golpe de mercado entre marzo y mayo de 1989.

Alfonsín fue un hombre de una honestidad e integridad inquebrantables. Su austeridad y decencia fueron el mejor modo de predicar con el ejemplo. Como buen radical, fue la síntesis perfecta de aquella otra máxima que reza “doctrina para que nos entiendan y conducta para que nos crean”.

A ocho años de su muerte, en tiempos de relaciones espurias entre negocios y política, de discursos autoritarios y antidemocráticos, de medidas insensibles y convicciones lábiles, de tanta frivolidad y tanta tilinguería, la ausencia física de Alfonsín resulta desoladora.

El tiempo hizo justicia y puso las cosas en orden. El reconocimiento a lo inmenso de su figura y su legado injustamente demorado, hoy nadie lo discute. Raúl Alfonsín no sólo es un orgullo para los argentinos, sino también un motivo de admiración y respeto internacional.

Ojalá pronto podamos seguir cada vez más su ejemplo: el del hombre sencillo, austero y honesto que vivió y luchó por sus ideas, las de la democracia; el del brillante docente que enseñaba en cada discurso el valor de la libertad y la igualdad; el del abogado valiente que enfrentó dictaduras; y el del presidente, el último prócer, que nos legó la democracia para todos los tiempos.

 

Por Luciano L. H. Rinaldi

Abogado - Militante de la UCR


Claves de esta noticia: Raúl Alfonsín | UCR |

Opinión en Diario Inedito

PUBLICIDAD

El último prócer

Raúl Alfonsín fue un orador inigualable, un hombre de una honestidad e integridad inquebrantables, y el más valiente de los presidentes argentinos. A ocho años de su muerte, en tiempos de relaciones espurias entre negocios y política, de discursos autoritarios y antidemocráticos, de tanta frivolidad y tanta tilinguería, su ausencia física resulta desoladora.